Me llamo barro aunque Miguel me llame", este verso, arrancado del inicio al poema 15 de El rayo que no cesa, dibuja con claridad los patéticos perfiles del poeta Miguel Hernández. En aquel libro, publicado por primera vez en 1936, y recuperado más tarde por la popular colección Austral en 1949, alcanzamos a descubrir, muchos de nosotros, la contundente belleza de la poesía. Tengo entrañables amigos que, como yo, aún recitan de memoria una gran parte de aquellos veintisiete sonetos endecasílabos que inflamaron de fuerza nuestra juventud. Amigos que se siguen emocionando con la elegía a Ramón Sijé cada vez que a nuestro alrededor alguien muere “...como del rayo". Uno de aquellos amigos entrañables, incluso logró conquistar a su novia enviándole versos robados al poeta de Orihuela: “Mis ojos encontraron en un rincón los tuyos. / Se descubrieron mudos entre las dos miradas".
Una tragedia para no olvidar La desolada muerte de Miguel Hernández fue uno de los crímenes más horribles y crueles del franquismo. Su trágica trayectoria vital debería ser recordada como el símbolo contundente de nuestra dramática historia reciente. Al hombre que desde el primer momento luchó con toda su honradez por la libertad y por la justicia, lo dejaron literalmente pudrirse en una mísera prisión, comido por la tuberculosis. Denunciado por sus enemigos, fue detenido al final de la guerra y en la “paz victoriosa" no hubo perdón posible para él, ni siquiera la supuestamente misericordiosa iglesia católica intercedió por su redención. Después, algunos poetas y escritores de su generación –la del 36– tratarían de justificarse afirmando que fue una tragedia inevitable. Como desagravio rápidamente se empeñaron en reeditar algunos de sus poemas –por supuesto los menos comprometidos– fue así como muchos de nosotros que vivíamos protegidos, pero ciegos, con un velo de falsedad e hipocresía a nuestro alrededor, pudimos descubrir a un gran poeta que desde un arranque popular imprimía a sus elaborados versos la fuerza y la contundencia que infiere el espléndido manejo de la palabra.
Quisimos saber algo más “Tal es la mala virtud / del rayo que me rodea, / que voy a mi juventud / como la luna a la aldea". Quisimos saber algo más sobre aquel hombre desdibujado que arrancaba así un libro de poemas. “...Algún día / se pondrá el tiempo amarillo / sobre mi fotografía". Descubrimos que apenas le dejaron tiempo para que amarillearan los escasos retratos de su fugaz trayectoria vital. Algunas fotografías de tiempo de guerra, sobre todo aquellas dulces imágenes en Jaén, en 1937, con Josefina Manresa disfrutando con un permiso de su breve viaje de novios. Significativa también la fuerza del retrato que le hizo Buero Vallejo en la prisión de Ocaña en 1941. Desoladora la imagen del dibujo de su rostro amortajado realizado por el escultor José María Torregrosa. Quisimos ahondar en su biografía más allá de las hipócritas palabras que le dedicara José María de Cossío en el prólogo a El rayo que no cesa en la edición de Austral y con dificultad fuimos hilando algunos clarificadores datos y testimonios, aunque no todos, hasta que descubrimos la biografía escrita por José Luis Ferris. En Miguel Hernández, pasiones, cárcel y muerte de un poeta, publicado por Ediciones Temas de Hoy se perfila en su magnífica integridad el poeta que se empeñaron en desdibujar los unos y los otros.
El desprecio de los otros Con textos como el de Ferris, afortunadamente la historia reciente comienza a tener pluralidad de lecturas, entrelíneas que se descuelgan, poco a poco, de los párrafos de la izquierda y la derecha y se empeñan, a modo de okupas, en emborronar unos márgenes hasta ayer impolutos. A los magníficos poetas del 27, pero señoritos al fin y al cabo, se les antojaba peculiar y folklórico este chico pobre, venido de provincias al que le endilgaron aquello de pastor de cabras. Pronto descubrirían, a su pesar, la sabiduría y formación lírica del “niño yuntero", sus dotes poéticas y su fuerza arrolladora para saber expresar los sentimientos de la gente sencilla. Poesía popular a la que aspiraban aquellos que quisieron minar su trayectoria poética: Lorca, Cernuda, Alberti... Y lo más terrible, alguno de ellos llegó a dejarlo abandonado en los difíciles momentos de la huida hacia el destierro.
Conmemora que algo te llevas En un país con escasos lectores, las instituciones que dicen preocuparse por nuestra cultura, en vez de rastrear por las bibliotecas, miran al calendario. En un país que tuvo el sueño fugaz de considerarse nuevo rico, se les ha quedado tatuada la adicción a los centenarios. Fastos para conmemorar a autores que ignoraron en vida. Tenemos hasta una Sociedad Estatal para ello. Todo pueblo que se precie también busca desaforadamente por su cuenta en los archivos locales a un poeta que llevarse a la boca y conseguir así montar su municipal tingladillo, incluida una feria popular sobre la chistorra y la cuaderna vía. Las autoridades, auténticos tetrástrofos monorrimos, seguramente serán incapaces de acercarse a una sola línea del escritor en cuestión, pero entienden que conmemorar siempre les reportará beneficios materiales, los espirituales que sigan durmiendo en las estanterías. Se acerca peligrosamente el centenario de Miguel Hernández, ya están conmemoradores y chacales tomando la calle y peleándose por el espacio. Afortunadamente las páginas del poeta permanecen en el mismo lugar del estante donde las dejarais la última vez; si no es así correr hasta vuestra biblioteca o librería más cercana antes de que los árboles no os dejen ver el bosque.
El libro recomendado. Umbrío por la pena, casi bruno Regresar al poeta, celebrar su recuerdo antes de que os lo impongan. Adentraros en las páginas de Miguel Hernández, pasiones, cárcel y muerte de un poeta, de José Luis Ferris (Temas de Hoy) para descubrir la fortaleza moral de un hombre abandonado a un trágico destino. Revisitar sus versos para sentir de nuevo la fuerza y la belleza de las palabras. José Luis Ferris también es el prologuista y editor de una magnífica Antología poética de Miguel Hernández publicada en Austral. |