Honduras
por Uno de la Redacción

MARTES 8 DE DICIEMBRE DE 2009 A LAS 15:54 HORAS
Opinión > Política
 
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PEDRO P. HINOJOS

El fútbol enseña mucho. A todo un Nobel como Albert Camus le reveló todos los secretos de la moral de los hombres. A otros no nos ha dado para tanto, pero en cambio nos ha dado lecciones inolvidables de geografía.

Por ejemplo, sobre la existencia de Honduras. La selección de ese país de resonancias profundas pero aplastado en el puzzle de naciones de Centroamérica se coló en el Mundial de Naranjito. Y el bombo la puso en el grupo de la España de los Juanito, Zamora, Camacho y Satrústegui. Una perita en dulce para La Furia española –lo de La Roja y el Podemos son lemas de hace un rato–, más furiosa que nunca en aquellos días exaltados en los que nos presentábamos al mundo tras décadas a la sombra pese a tanto sol turístico.

La urgencia y la ansiedad convertían a nuestra selección en un bloque omnipotente. No cabía en los ojos y los oídos de un niño la posibilidad del fracaso. Y así se llegó al día del partido en el Luis Casanova de Valencia, hoy Mestalla, con el que los anfitriones debutaban en su Mundial.

La formación de los dos equipos para los himnos ya lanzó algunas señales de alarma indetectables entre tanta euforia: los hondureños, una galería de negritud e indigenismo, se mostraban concentrados y serenos; los españoles apretaban los dientes y sudaban, mientras la Marcha Real atronaba hasta dos veces por megafonía.

Y desde el minuto uno quedó claro que el guión fallaba: los que corrían, tocaban y creaban peligro eran los hondureños, mientras los locales perseguían la pelota nerviosos y agarrotados. En una de esas, los briosos visitantes ejecutaron una pared de manual al borde del área y Pecho de Águila Zelaya cruzó el balón ante un impotente Arconada.

Los hondureños no se lo creían y se cerraron bien atrás, mientras los españoles se lanzaron a un ataque desordenado que sólo tuvo premio con un penalti inexistente transformado por López Ufarte. Y con ese 1-1 acabó el partido, declarándose fiesta nacional en el pequeño país centroamericano.

Aquí no comprendíamos nada y a partir de ahí, y del desastre posterior de la selección, aprendimos que el fútbol posee claves misteriosas que no tienen por qué marchar al compás de la fanfarria. Y por supuesto, conocimos Honduras, con la que ahora nos ha vuelto a encuadrar el bombo mundialista. Aunque para nuestra tranquilidad, el único Zelaya a la vista es un bigotudo ex presidente que clama por su latifundio perdido en una tierra de venas abiertas.


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