ÓSCAR SÁEZ
Tengo una noticia buena y otra mala. ¿Cuál quieren primero? Les daré primero la buena: estamos en crisis. Sí, esa es la buena, porque la mala es que son Zapatero o Rajoy los que tienen que dirigirla. Qué habremos hecho los españoles, además de votarles, para sufrirlos. Repasemos.
El líder del PP ha pasado de cargar contra el Estatut a hacerse el sueco, porque ha visto lo importante que es llevarse bien con CiU en 2012; de apartar a Rato para convertirle ahora en un héroe para Cajamadrid tras presidir el FMI –esa ‘ONG’ que no se percató de la dimensión mundial de la crisis–; de estar al lado, delante y detrás de Camps, a esconderse bajo el traje para no tener que verle. Sí, Rajoy, el prohombre previsor de los hilillos del Prestige que ahora critica la improvisación del Gobierno por el Alakrana. Rajoy, el de la niña, que aún no ha puesto sobre la mesa una medida económica. Si al menos luchara por los 4 millones de parados como está luchando por mantener su cargo...
Y, por el otro lado, Zapatero, ese político que, en lugar de sentirse orgulloso, se avergonzó de que los españoles le eligieran a él para sobrellevar uno de los momentos más trágicos en España: el 11-M y las mentiras del PP; ese líder de masas que ha transformado el No nos falles al A ver si no nos dejas de fallar ya; el que tardó año y medio en reconocer la crisis y otro año y medio en tomar la primera medida, la ley de economía sostenible. Zapatero, ese líder que no se levantó ante Bush por invadir Irak, pero le entra tortículis ante tanta genuflexión con Obama –el presidente que ha logrado el Nobel porque aún no ha invadido ningún país, pero que le entra lumbago por agacharse tanto ante los ‘demócratas’ chinos, mientras castiga a los dictadores cubanos–. ZP, este visionario que anunciaba el fin de ETA, un día antes de que volara la T-4; ese hombre que apoyó el Estatut en plena orgía electoral y ahora no sabe qué hacer con la resaca de tanto cava catalán (cava, de cavar). Como ven, la crisis no está siendo lo peor.
Y ahora el chiste semanal que me comprometí a contar para cerrar mis columnas: -Oye, ¿tú sabes como se llaman los habitantes de San Sebastian? -Hombre, todos no.
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