A los niños les educa la tribu, esto es, la combinación de la familia, la escuela y la calle. Fuera de ese trípode, complejo y lleno de matices, no hay soluciones milagrosas para un problema que definen los datos: somos el país 29 de los 36 más desarrollados de la OCDE; la tasa de abandono escolar es del 28% y duplica la europea y, pese a ello, los debates educativos no pasan del terreno folclórico o ideológico como si el crucifijo en las aulas, la Educación para la Ciudadanía o la enseñanza en catalán fueran el epicentro de la vida y los quebrantos en los centros educativos.
Por si fuera poco, el epílogo de la vida educativa son unas universidades desmovilizadas, con aulas vacías, profesores cruzados de brazos y rectores incompetentes que limitan su discurso plañidero a pedir más dinero aunque sean incapaces de fabricar una lavadora y colocarla en el mercado: ninguna aparece en los ranking internacionales, y el 42% de los estudios tienen ya menos de 50 alumnos, según la escandalosa revelación del ministro Ignacio Wertz.
Pese a ello, piden más, como si el dinero dilapidado en insensateces por tanto pedante con birrete no saliera de la misma hucha rota que no permite ya dar un plato de sopa a tanto muerto de hambre y de pena.
Desde 1985, se han aprobado en España cuatro leyes educativas distintas, todas del PSOE, con un resultado dantesco a la vista de todos, digno de sentar en el banquillo a todos los responsables educativos de los últimos 25 años, de cualquier color, en cualquier ámbito. Y tras de ellos, a los sindicatos que han devaluado la autoridad del docente, monopolizando su representación a cambio de una aburrida defensa laboral que les han hecho olvidar a menudo cuáles son sus prioridades, facilitando con ello una degradación de la estima social e incentivando la búsqueda de modelos concertados alternativos.
Se impone, pues, una vuelta al sentido común que desideologice, despolitice y dessindicalice un ámbito crucial en el que los menos burros son los niños: ellos saben aprender como nunca en nuestra historia reciente, pero nosotros no sabemos enseñarles, perdidos en debates inanes, pulsos laborales, batallas políticas y un sinfín de casposas polémicas que suspenden al conjunto de los adultos y les dejan a ellos indefensos.
Bastante paciencia tienen; bastante soportan la mediocridad engolada de sus mayores sin levantar sus voces trémulas pero nada extraviadas ni incultas.

Un niño aprende casi todo con una rapidez pasmosa y tiene hoy más conocimientos que ninguna generación precedente: memoriza y retiene casi todo si se le enseña bien. Pero los resultados son malos. Quizá porque ninguno de los debates educativos le tienen en cuenta: su estructura mental 2.0 choca con una enseñanza analógica. La materia lectiva obligatoria obedece a la necesidad de colocarle muchos libros a sus padres aunque sea incompatible con el aprendizaje y el tiempo de permanecencia en clase. Y hasta la jornada se ha organizado en función de las necesidades de profesores y padres aunque no sea la mejor para ellos, para que unos coman en casa siempre y los otros no hagan más viajes de los necesarios. No son unos fracasados: son unas víctimas. |