PEDRO P. HINOJOS
Es comprensible que Mario Vargas Llosa haya rechazado la presidencia del Instituto Cervantes. El último Nobel de literatura en español, uno de los autores más leídos en el mundo en nuestro idioma y el que más como escritor en activo, no precisa un honor así. Y tampoco está claro que nuestra lengua necesite tenerle de embajador plenipotenciario. Ya están sus libros repartidos por todos los rincones del mundo; y él ya es vocal del patronato del Instituto Cervantes.
Lo que necesita el español es, como todo ahora, una buena gestión económica y muchos consumidores. En relación a esto último, y en particular a los lectores, el reto se acerca a la cuadratura del círculo. Si bien hay soluciones imaginativas. Al propio Vargas Llosa se le atribuye una tan revolucionaria como prohibir leer libros, por aquello de la atracción imparable de lo prohibido.
Probablemente el único perjuicio del no del autor de La ciudad y los perros es para Alcalá. Porque por un rato, y aunque la sede del Cervantes en la calle Libreros sea apenas una sucursal con vigilante de seguridad, nos hicimos la ilusión de ponerle la guinda a nuestro plantel de autoridades con un premio Nobel de literatura. Y no todas las ciudades pueden presumir de algo así; ni siquiera aquellas que intentan competir en materia de artes y letras, como reza el lema municipal.
Nuestro gozo se fue al pozo. Aunque bien mirado no tenemos nada que lamentar. Los Cervantes, vivos o muertos, siguen ahí pendientes de aprovechar como un patrimonio inmaterial de la ciudad que cobija el premio. Y de entre ellos, el primero es el gran Vargas Llosa, el Super Mario de Juan Cruz y otros palmeros innecesarios, porque en su paso por la Cisneriana, hace quince años, le dimos buen fario. Se le preguntó a la salida del Paraninfo si esperaba el Nobel; y su respuesta fue: “Ya tengo más de lo que merezco". |