En España hay 9.000 gasolineras, y buena parte de ellas son hipermercados abiertos 24 horas al día: venden pan, tabaco, café y prensa; y en una muestra nada desdeñable de ellas se puede hacer la compra y adquirir un libro, disco, película, juego para la consola o juguete de lunes a domingo hasta al menos medianoche.
El 80% de las estaciones pertenece a Repsol o Cepsa, básicamente, dos empresas cuya cuenta de resultados y beneficio no deja de subir en cualquier contexto: la primera ganó 4.700 millones de euros en 2010, último ejercicio cerrado; y la segunda se quedó en unos más modestos pero nada despreciables 400 millones de euros que este año espera duplicar.
En ese mismo tiempo, el combustible ha subido como nunca, apremiado por factores internacionales, políticos y técnicos que no resuelven una pregunta muy mundana: ¿Cómo es posible que bajen los ingresos familiares y suban tanto las tarifas del combustible y la luz, dos sectores regulados por el Gobierno en los que operan las empresas más rentables?
Un último dato. El incremento de los precios y la ampliación de la explotación comercial en las estaciones ha ido acompañado de una reducción del servicio y una sobreexplotación aparente del exiguo personal: hace nada se repostaba sin bajarse del coche; hoy es muy normal hacer tres viajes, dos colas y mancharse para obtener el mismo resultado al doble de precio. Y donde había antes un ejército de empleados, hoy a menudo subsiste un trabajador desbordado que hace pan en un microondas, busca el suplemento del periódico en el almacén, abre el surtidor al camionero, cambia fichas para el lavado, pone un café con cruasán y canjea los puntos de la tarjeta del club del consumidor correspondiente. Pero en España hay un 50% de paro juvenil.
El sector de la banca, las finanzas, la energía o el petróleo apenas crea el 5% del trabajo, con una cobertura del Gobierno que protege y estimula su actividad comercial –nada de lo que hagan ni dejen de hacer carece del permiso oportuno por acción u omisión- o, si salen mal las cosas, acude en su rescate: desde el comienzo de la crisis, la UE ha movilizado 1,6 billones de euros para ayudar sólo al sector bancario.
En ese tiempo, la economía real (esas Pymes que en España generan el 70% del empleo y los ingresos fiscales y soportan el estigma analfabeto que se vierte contra todo emprendedor) apenas obtuvo 65.000 millones.
En contra de la versión oficial, que apunta a la especulación evidente como origen de todos los males y presenta a la política como una víctima más de la ola desreguladora, la concatenación de todos los datos anteriores ofrece una lectura más vergonzante de los hechos: todas las andanzas de los mercados financieros –o de las petroleras- son muy ciertas; pero en todas también fue imprescindible la complicidad del inmenso, costoso y bien pertrechado aparato del Estado: Lehman Brothers, o la Caja de Castilla de La Mancha, sólo pudieron hacer lo que hicieron porque premeditadamente se lo consistieron, conculcando u obviando leyes cuya existencia justificaba el formidable gasto público en crear herramientas que, llegado ese momento, miraron para otro lado.
El voluntarista ingenuo que aún crea que la culpa es del mercado, metiendo en ese saco a actores tan distintos como el escualo de Wall Street o al pequeño empresario de Alcalá de Henares; seguramente necesitará una última prueba para entender de una vez hasta qué punto tiene más culpa en policía laxo que el ladrón voraz: ¿Por qué?
Encontrar la pregunta no reviste especial dificultad: mientras usted se echa la gasolina más cara de la historia y recibe tal vez el gesto desdeñoso del desbordado operario, las cajas de ahorro mantienen a 5.000 políticos y sindicalistas en sus Consejos y las grandes responsables de la crisis (ésas que suben precios, provocan pérdidas, no generan empleo y al final son salvadas) siempre son agradecidas con quienes deben serlo.
No tienen más que repasar, aterrados, dónde acaban trabajando los custodios de la decencia pública con una retribución de entre 120.000 y 700.000 euros a cambio de estampar una firma de cuando en cuando:
Felipe González en Gas Natural. Aznar, Roca o De Guindos en Endesa. Boyer y Atienza en Red Eléctrica. Pedro Solbes en Enel. Josu Jon Imaz en Petronor. Carmen Becerril (ex directora general de Política Energética), Javier Solana y Pío Cabanillas en Acciona. Manuel Marín en Iberdrola. Virgilio Zapatero en Bankia…. Y una larga lista de dirigentes políticos de todos los colores y en todos los sectores tóxicos cuya única relación profesional con el gremio que ahora les recicla pagando en oro es incontestable: siempre tomaron las decisiones que beneficiaban a sus mecenas y nunca evitaron un problema a quienes entonces les pagaban el sillón y ahora soportan la factura.
La estampa de José Blanco en una gasolinera de pedanía no es, en fin, nada casual: sólo se dejó pillar donde otros se manejan con más decoro estético en idénticos lances.
Posdata. Claro que hay que hacer recortes y claro que hay que trabajar hasta los 67 años. Y tal vez algo más. La cuestión es dónde y para qué. No perdamos mucho tiempo en escuchar a la sobrevenida policía moral del Estado de Bienestar, que tras cargárselo con su insolvencia pretende pasar por su principal adalid. Y tampoco en quien, al calor del drama, pretenda reducirlo sin eliminar primero la grasa del Estado: hablamos de 50.000 millones de euros al año. Ahí está la cifra.
Posdata 2. Otro mito es atribuirle un comportamiento humano a la prima de riesgo y cargarle un perfil psicológico cercano a la psicopatía. En realidad, es bien predecible: sube mucho cuando pide un crédito alguien que no puede pagarlo fácilmente. Y baja cuando sí puede hacerlo. Esto es, cuando equilibra lo que ingresa y lo que gasta. Cualquier amo de casa lo sabe: al parecer ningún gobernante está en ese minusvalorado gremio.
Posdata3. Un último apunte. El epítome del cinismo se dispara como el Dow Jones de los buenos tiempos: los mismos que negaban la crisis se ponen ahora al frente de la denuncia de los desperfectos, como si aquello fuera una tormenta inevitable pero esto de los recortes fuese un acto de maldad.
Y buscan un culpable verosímil para seguir tapando a los autores materiales de los hechos, todos los gobernantes con algo de poder: mientras en Estados Unidos despellejan a presidentes y filman películas de terror como Inside Job, aquí nos salen Sampedros y Punsetes definiendo el delito pero escondiendo al criminal, elegido a más inri por sus propias víctimas.
miércoles 7 de diciembre de 2011 a las 13:36 horas
Hombre... Nombrar a Virgilio Zapatero en Bankia y no nombrar a Rato, tiene su aquel. Sí, sí, Rato, ese lince que no se enteró de nada estando al frente del FMI cuando empezó la crisis fruto de las estafas bancarias... Y que ahora, en Bankia, se le ha caído el banco de Valencia, al que por cierto tampoco se nombra entre las entidades de dudosa gestión. Como tampoco se nombra a la Caja del Mediterráneo. Pufos ambos bastante más graves que el de Caja Castilla La Mancha, a la que se destaca en negrita.
En fin, que parece usted un poco parcial en sus reflexiones.
miércoles 7 de diciembre de 2011 a las 11:33 horas
Sr. Naranjo:
Le felicito por su lucidez en la exposición de la grave situación que vive nuestro país y sus causas (y causantes). En mi opinión da Vd. en el clavo cuando se refiere a Gobiernos incapaces, corruptelistas y poco planificadores, suministradoras de servicios abusivas, bancos y cajas sobrevalorados en todos los sentidos y “sobreayudados”, etc.
Permítame, únicamente, que añada algo que - en mi humilde opinión – es lo único que echo de menos en su artículo: en ningún otro país del mundo la crisis ha venido acompañada por una destrucción de empleo tan intensa y tan masiva como en España. Creo que ello indica por sí solo la total necesidad de reforma de las obsoletas leyes laborales que “disfrutamos”. Pero no sé si también indica (para mí lo hace) que nuestra clase empresarial deja bastante que desear, dicho ello sin ningún ánimo de generalizar.
Y ello porque, aun cuando la lógica del beneficio debe imperar y más imperiosamente aún necesita e históricamente ha necesitado este país a los emprendedores, creo rechazable el beneficio a cualquier precio, el que considera a los trabajadores como “kleenex” que se pueden tirar a la basura después de quitarse unos cuantos mocos que nos “sobraban”. Desde luego, miedo dan los sindicatos paniaguados, su falta de perspectiva y su patética defensa de sus privilegios . Pero, Sr. Naranjo, cuando oigo al Sr. Rosell, todavía me da más miedo en su integrismo. Y me pregunto, al igual que en el caso de los sindicatos “oficiales”, para qué sirve una Asociación de Empresarios si no es para medrar y obtener favores al margen de las necesidades de la sociedad.
La constatación de una sociedad tan deshumanizada da miedo, al menos para mí, más allá de intentos “naif” de cambiar las cosas. Hemos alimentado a la bestia que ahora queremos, infructuosamente, controlar.
Y, desgraciadamente, una vez más le muestro mi total descuerdo con el comentario de la Sra. Ballesteros, que me parece insultante, zafio y absolutamente fuera de contexto. Una vez más. Con defensores así no hacen falta enemigos. Y de la sintaxis, ni hablamos....
Señor Naranjo, en este nuestro país de pandereta en el que los derechos son para muchos como los cardos del campo. No sirve de nada denunciar verdades como puños excepto para dar ocasión , democráticamente, a algún resentido con carencias morales para que le dedique algún comentario, sin argumentos defendibles pero promesa de beneficios del partido al que defiende, en contra de sus exposiciones. Ya sabe "ladran, luego cabalgamos"