PEDRO P. HINOJOS
Decía la escritora Isabel Allende al despedirse de Alcalá que su estancia había sido “puro realismo mágico". Despertarse en California y echarse a dormir en un hotelazo de diseño de la vieja Europa, con un carnaval esperando fuera, es para delirar, desde luego. Pero no hacen falta semejantes saltos en el espacio y en el tiempo para sentir y saber que por aquí la realidad se nos suele derretir por las esquinas de buenas a primeras. Un fauno puede subirse al autobús como un paisano más, que es la prueba del siete para todo un experto en materias alucinantes como García Márquez, y nadie se asombraría.
No precisándose más aditamentos tragicómicos a los trabajos y los días que sobrellevamos, de vez en cuando nos salen al paso homenajes tan provocadores a las cuatro dimensiones como la España oculta de la célebre fotógrafa Cristina García Rodero que se puede admirar en estos días en la salas del antiguo hospital de Santa María la Rica. Cuesta creer que esas instantáneas en negro y blanco, con sus procesiones fantasmagóricas, sus niños feroces y sus pueblos inverosímiles, sean el testimonio de una parte de nuestra cultura popular que no se ha extinguido del todo.
Que esas caras cuarteadas, esas ropas oscuras y esas escenas esperpénticas tengan más que ver con nosotros que, por ejemplo, con una tribu del Cáucaso o directamente con una civilización extraterrestre; nos demuestran hasta qué punto dominamos lo que nos rodea, lo que somos y lo que fuimos. De esto último dio buena cuenta la exposición de grabados de Goya de la célebre serie Los desastres de la guerra que se pudo ver el pasado verano en el mismo centro cultural. Una histórica y monumental exposición inaugurada, por cierto, un desolado sábado de julio. Más mágico y surrealista imposible. |