Tanto se había hablado del desembarco de Ignacio González en Cajamadrid que ya, incluso, volaban las quinielas al respecto de los cambios en el Gobierno autonómico que hubiera arrastrado. Como diría aquel célebre locutor del pelo electrizado, el nombre que más sonaba para sustituir al vicepresidente era el de Antonio Beteta, hoy consejero, ayer portavoz parlamentario, en el pasado hombre de confianza de Gallardón y mañana... Dios dirá.
Beteta, símbolo junto al erudito senador Juan Van Halen del predominio de Aguirre sobre Gallardón en el PP autonómico como grandes apoyos de la primera y antiguos aliados del segundo, sonaba más que nadie como relevo del vicepresidente: la idea era conferir al cargo un matiz técnico y profesional, para lo cual esta especie de Solbes a la madrileña parecía venir que ni pintado. Es una enciclopedia, de aspecto señorial y a sus conocimientos técnicos le añade una aguda experiencia política que demuestra en cuanto le dejan con un verbo afilado.
Que esto hubiera arrastrado más modificaciones, en el Gobierno y/o en el partido, era algo por ver, aunque la quiniela también citaba a varios nombres, con Granados y Mariño a la cabeza de todos ellos. ¿Uno a la Corporación Cibeles y la otra a Génova? Quién sabe, y quién sabe también si este asunto está cerrado definitivamente o no: sólo Aguirre conoce sus propios planes y sólo hay una manera de acertar en el pronóstico: decir que es posible todo.
Mientras, Ignacio González sufre en silencio. Es difícil encontrar en toda España un caso de político peor tratado sin argumentos, tirando de clichés o de prejuicios: primero se le convirtió en poco menos que responsable de un caso, el del espionaje, en el que es la primera víctima; y después se le trató de derribar de la presidencia de la Caja alegando su supuesta impericia profesional para el cargo, como si ser vicepresidente de la primera autonomía española no le preparara a uno para todo.
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