El realismo ha sido casi siempre germen de controversia en nuestro país. Recuerdo que en el año 1992, Antonio López tenía preparada una muestra de su obra pero rechazó su exhibición al ser excluido este movimiento pictórico de la Colección permanente del Museo Reina Sofía. Afortunadamente, han pasado dos décadas y las aguas ya bajan más calmadas. Antonio López ha mantenido un espíritu fiel a sí mismo y es, tal vez, el único pintor que ha superado los sucesivos enfrentamientos hasta ser considerado un referente de la historia del arte español.
Ahora, el Museo Thyssen-Bornemisza presenta la tercera antológica que se ofrece sobre su obra y que es, sin duda, la exposición del año. Este conjunto artístico es la producción de dos décadas de dedicación íntegra en las que el autor se implica al máximo.
El de Tomelloso (1936) se inicia en la pintura gracias a la influencia de su tío, el pintor Antonio López Torres, cuyo influjo artístico le acompañará en toda su trayectoria. En el año 1950 ingresa en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando y allí coincide con un grupo con el que, con el paso de los años, forma el denominado ‘Realismo madrileño’, del que destacan Lucio Muñoz y Enrique Gran –posteriormente identificados con la abstracción–, Francisco y Julio López Hernández, su mujer, María Moreno, e Isabel Quintanilla.
El año de 1970 marca un hito importante en su carrera, ya que firma un contrato de exclusividad con la Galería Marlborough de Nueva York, sin embargo, no será hasta una década después cuando logre un verdadero reconocimiento en España.
De entre las 130 piezas que componen esta exquisita muestra hay mucho que destacar. Como las esculturas, y en especial Hombre (1968-1994) que define la preocupación del artista por la figura humana y, sobre todo, la minuciosidad en la elaboración de su inventiva: López es conocido por su meticulosidad, que le lleva a realizar un proceso creativo muy lento y cuidadoso. Precisamente las esculturas Carmen dormida y La mujer de Coslada reciben con majestuosidad a un público entusiasta.
Las salas del Thyssen se configuran a modo de taller en el que deslumbran las vistas de ciudades, desde su Tomelloso natal hasta la exclusividad del espacio creado para dar cobijo a su particular visión de la Gran Vía madrileña.
Son obras que nos devuelven la mirada hacia esos arrabales creados sobre Vallecas que representan un modelo de paisaje urbano. Esas figuras, retratos o ventanas conforman un mosaico de recuerdos, un estilo intransferible en el que el compromiso del autor es inequívoco. Un manchego generoso que permite que su público le observe en silencio en ese instante especial en el que emprende una búsqueda rigurosa para capturar la luz mágica de una ciudad –Madrid– con la que se muestra entregado.
Quizá nadie como el cineasta Víctor Erice, en su obra El sol del membrillo, haya sabido reflejar de manera tan magistral ese proceso interno en el que un artista lucha y crece junto a su obra. Erice descubre ensimismado ese instante de una creación cautivadora, meticulosa, mágica, misteriosa y equilibrada.
Bienvenido sea este maravilloso encuentro con un artista único que es, desde siempre, un maestro del arte contemporáneo español. |