Con algo de bochorno asiste uno al concurso titulado "¿Quién quería más a Rato?", epítome de cómo es la política, llena de Dantes y Mefistófeles. Así, hemos visto cómo quien primero pensó en el ex vicepresidente y más relación personal y política mantiene con él, Esperanza Aguirre, ha aparecido como su único obstáculo en el último momento. Y como, sensu contrario, quienes más lejos le querían, desde Zapatero a Rajoy pasando por Gallardón, más se arrogan la paternidad de su inminente nombramiento como presidente de Cajamadrid.
Sólo falta Aznar dando palmas con las orejas para que la ceremonia de cinismo alcance su cénit. Y como es así, sólo cabe hacer una lectura. Lo que hemos vivido es sólo el primer round de una pelea con asaltos pendientes en el que cada uno ha sacado y envainado la espada en el momento oportuno. Rajoy rechazó a Rato hace unos meses, a su manera, sin darle el visto bueno cuando el aludido se lo pidió, pero también sin decirle claramente que no le veía en la Caja.
Gallardón quería a cualquier otro, conocedor del potencial de quien un día hizo de Madrid su baronía y sabedor también de la amistad profunda que mantiene con Aguirre. Y Zapatero le vetó inicialmente, sin más. Sólo Aguirre le puso como primer nombre desde el primer momento; y sólo se olvidó de él cuando recibió la negativa colectiva: ahí apareció Ignacio González, que a más inri se presentó en Génova con un acuerdo con todas las fuerzas sociales y políticas de Madrid y, por dos veces, no recibió ninguna oposición de Rajoy.
¿Y qué ha cambiado para que los tirios parezcan troyanos y troyanos los tirios? Quién sabe, pero es obvio que hay dos claves inobjetables: de un lado, los intereses económicos y crediticios que se juegan en esta partida, escondidos por cierto por los mismos grupos de comunicación que a un lado y a otro explican su postura editorial sin hacer mención a lo que les va en ella personalmente. Y de otro, el futuro del PP para cuando Rajoy se estrelle, si lo hace, o haya que 'estrellarle', si se atreven unos y otros.
Quizá por ello todos se seinten hoy un poco ganadores y ninguno demasiado perdedor. Salvo uno, tal vez: el vicepresidente de la Comunidad de Madrid, el mismo que tras armar un consenso histórico ha sido despedazado en público aludiendo incluso a razones de competencia profesional o filiación política que, a la hora de la verdad, se han mostrado indiferentes cuando él se ha arrojado al cadalso. ¿Hasta dónde llegará su paciencia? Ésta es, sin duda, otra de las preguntas que deja en el aire este conflicto. En el que, por cierto y como aviso de navegantes, hay un invitado incómodo que puede dar sorpresas: ¿Verdad, amigos de CC.OO? |