Banco busca ministro, pagamos bien
por Antonio R. Naranjo

LUNES 30 DE MAYO DE 2011 A LAS 18:12 HORAS
Opinión > Política
 
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Era el ministro de Economía cuando el paro desbarró, y aunque su salida fue presentada como una señal de divergencia con Zapatero, de su boca no salió una mala palabra, un reproche, una crítica, un gesto leve de contrariedad. Es Pedro Solbes, fichado por Barclays, pero podría llamarse Virgilio Zapatero, Manuel Marín, Luis Atienza o Narcís Serra: todos ellos han acabado trabajando en las mismas empresas a las que ayudaron de un modo u otro desde sus cargos públicos, sin disimular ni un poco el escaso conocimiento del sector que los ficha. O quizá ya estaban fichados, pero ahora tienen nómina oficial.

 

Los hay del PP también, y del PNV o CiU, pero los del PSOE merecen ser un poco más destacados: el resto procura esconder el rostro y que no se note y, antes de desembarcar en sillones de oro, tuvieron el pudoroso detalle de no hacer demasiada demagogia contra el capital ni contra nada que oliera a empresa.

 

Pero es que éstos, amén de beneficiar objetivamente a cada una de las empresas en las que aterrizan -ora permitiendo el abuso en los bancos, ora salvando a las Cajas, ora subiendo las tarifas de la luz-, se han tirado media vida criminalizando al empresariado y la otra haciéndole culpable de una crisis que en realidad ha sido provocada por esas firmas que antes no vigilaron y ahora les recompensan sus servicios.

 

El crimen perfecto concluye con esa ceremonia de humo que obliga a la puta a poner la cama: el tío Solbes, como el resto, no se conforma con haber concedido barra libre a un puñado de empresas estratégicas en su calidad de consejero externo con rango de ministro; llegado el supuesto, y ha llegado, las salvará cuantas veces sea menester con ese dinero de todos que no llega, sin embargo, para actualizar las pensiones.

 

Si en España no hay un Michael Moore, capaz de desvelar cómo vieron juntos el 11-S familiares de los Bush y de los Bin Laden, deberíamos inventarlo: bastaría con que cogiera los hechos, estableciera la secuencia, repasara los méritos profesionales y dejara alcanzar una conclusión al espectador que yo me atrevo a aventurar.

 

 

Este fragmento de Farenheit 9/11 nunca caduca. Sólo reclama una versión española adaptada a un guión igual de inconcebible: políticos que benefician a multinacionales, a costa de los bolsillos de los ciudadanos, en las que acaban trabajando pese a carecer de experiencia

 

Estos señores, de silueta contrapicada y sombra revenida, tienen como única virtud la gestualidad de jugador de póquer en Las Vegas.  Y cada vez que apelan al trabajador, al compañero o al pueblo; le quitan un billete más de la cartera mientras promocionan una imagen comprometida de sí mismos que tanto cotiza a la hora de pillar un pellizco del pillo de Botín.

 

Posdata. En el seno de los partidos también se practica este espíritu. Carmen Chacón intenta pasar por una víctima aunque sólo sea un verdugo: no jugándose nada serio, dio un paso atrás para evitar no sé cuántos pasos adelante de no sé quienes, como si fuera una yenka.

 

Pero lo cierto es que se presentó como una novedad frustrada cuando en realidad ha sido cómplice de los peores ocho años de nuestras vidas recientes. Prefiero a Rubalcaba que a una dama que sólo hace pucheros por sí misma, teniendo antes tantas razones. Aunque en el viaje ninguno aclare por qué el PSOE tiene miedo a los ciudadanos y recelo de sus militantes. Más que prietas las filas, esto parece una comitiva fúnebre.


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