
Hitchcock mostró una preocupante indiferencia hacia la verdad, cuando estrenó Psicosis en 1960, ofreciendo una imagen terrorífica de un joven aquejado de una presunta esquizofrenia. Al margen de las indudables calidades estéticas de la película, Hitchcock combinó el miedo, la violencia y el prejuicio para describir el extraño comportamiento de Norman Bates (Anthony Perkins). Los espectadores entendieron que la esquizofrenia consistía en un desdoblamiento de la personalidad, donde prevalecían los impulsos homicidas.
En esa época, aún existían los antiguos manicomios, espacios claustrofóbicos y represivos que sólo empeoraban el estado del enfermo. El manicomio no desempeñaba un papel terapéutico, sino una función excluyente. La segregación sólo acentuaba la actividad delirante y la tendencia al ensimismamiento. La reforma de la psiquiatría acabó con los manicomios, ofreciendo como alternativa la hospitalización temporal.
Si el objetivo es restablecer la salud mental, la estancia del enfermo en una unidad psiquiátrica no debe prolongarse más allá del tiempo necesario para mitigar los síntomas agudos. Es cierto que se ha abusado de ese planteamiento, responsabilizando a las familias del cuidado del enfermo, sin proporcionarle los medios necesarios para enfrentarse a un conflicto que produce una enorme tensión emocional. La locura es un problema individual, pero su superación implica una respuesta social.

El trastorno bipolar y la esquizofrenia son enfermedades crónicas. Suelen cursar por brotes, pero a veces transcurren años entre una recaída y otra. En esos períodos, es posible llevar una existencia relativamente normal, si se respetan las pautas farmacológicas y el entorno no es muy desfavorable. La enfermedad tiende a estabilizarse hacia los 50 años.
La antipsiquiatría de Cooper y Laing y la filosofía de Foucault cuestionaron la existencia de la locura, afirmando que en realidad se calificaba de enfermedad lo que sólo era un acto de disidencia o un gesto de libertad. La sociedad respondía con violencia y represión frente a lo diferente o alternativo. Alguien voló sobre el nido del cuco (Milos Forman, 1975) popularizó esa versión, estableciendo un ficticio vínculo entre la psiquiatría, la política penitenciaria y la brutalidad policial.
Es cierto que los manicomios funcionaron durante mucho tiempo como centros de reclusión, donde se internaba a enfermos mentales, pero también a personas con conductas socialmente reprobadas (homosexualidad, rebeldía adolescente, promiscuidad). No pretendo negar que los manicomios eran instituciones profundamente inhumanas, donde se utilizaban métodos lesivos (electrochoque, celdas de aislamiento, lobotomías) y se cometían horribles abusos, pero eso no significa que la enfermedad mental sea un construcción social y no una patología que sólo puede abordarse desde una perspectiva científica.

En la década de los 50 se produjo la revolución de los psicofármacos. El litio, la clorpromazina, la reserpina, el haloperidol y el diazepam modificaron el pronóstico de la esquizofrenia, la psicosis maniaco-depresiva y la depresión. Se redujeron significativamente los períodos de internamiento, el porcentaje de suicidios y el riesgo de cronificación. Las evidencias clínicas y estadísticas despejaron cualquier duda sobre el papel determinante de los factores bioquímicos.
Describir la enfermedad mental como una forma de rebeldía contra una normalidad socialmente estatuida constituye una gravísima frivolidad, pues la locura arrebata la libertad al individuo, introduciendo distorsiones en su mente que le impiden obrar con autonomía y claridad de juicio. Afirmar que la psicofarmacología sólo actúa sobre los síntomas, sin resolver la matriz del conflicto, no aporta nada, pues no hay ninguna prueba de que el psicoanálisis o cualquier terapia verbal o conductual hayan curado un caso de psicosis o depresión mayor.
De hecho, las sesiones de psicoanálisis provocan un grado de tensión emocional que puede agravar el estado del paciente. Eso sí, hay un consenso generalizado sobre el papel desencadenante de un entorno adverso. Muchas crisis comienzan poco después de una experiencia traumática, pero eso no significa que el dolor psíquico altere el cerebro hasta el extremo de generar las bases bioquímicas de un trastorno mental. Indiscutiblemente, la terapia farmacológica debe combinarse con una terapia psicológica que ayude a mejorar la vida familiar, social y laboral. El paciente debe aprender a convivir con su trastorno y a enfrentarse con las situaciones de estrés potencialmente desestabilizadoras.

La clozapina, la risperidona o la fluoxetina y otros psicofármacos de segunda generación han significado un paso más en el tratamiento de unas patologías particularmente crueles. Si el paciente no recibe atención médica durante un período de tiempo prolongado, se producirá un notable deterioro, que puede desembocar en una incapacidad severa. En la psicosis maniaco-depresiva se actúa por impulsos incontrolables.
La fase maníaca incluye excitación, irascibilidad, insomnio, verborrea, euforia, suspicacia, actitudes irresponsables, ambiciones desmedidas y poco realistas, pérdida o aumento de peso, gasto compulsivo, promiscuidad, autoestima exagerada y una sociabilidad que desborda cualquier forma de inhibición. Todos estos cambios producen estupor e incomprensión. Muchas veces, se confunden los síntomas con un súbito e inexplicable cambio de personalidad, pero ese espejismo se tambalea cuando la manía remite y aparece un cuadro de depresión. La depresión impone un nuevo giro, pero en un sentido totalmente opuesto.
La autoestima se desintegra, el silencio y el retraimiento social reemplazan a la verborrea, el deseo sexual disminuye o se inhibe completamente, cualquier tarea cotidiana se convierte en un penoso esfuerzo, la culpabilidad y la desesperanza ensombrecen el futuro. Durante esta fase, surgen las ideas de suicidio. Se calcula que cerca de un 20% de los enfermos se quita la vida y al menos un 50% lo intenta. Los periodos de estabilidad constituyen lo que se conoce como eutimia. Se especula que la esquizofrenia y el trastorno bipolar brotan de la misma alteración genética: una expresión defectuosa de los genes encargados de la producción de mielina en el sistema nervioso central. La mielina es una sustancia producida por unas células especializadas llamada oligodendrocitos. Su función es garantizar una conducción eficaz de los impulsos eléctricos a través de las neuronas.

Hitchcock nos puso los pelos de punta con Psicosis. La famosa escena de la ducha (un prodigio de estilo cinematográfico que mostraba el apuñalamiento de una indefensa Janet Leigh) ha contribuido a propagar una visión injusta de las enfermedades mentales, particularmente de la esquizofrenia. La realidad no puede estar más alejada de esas imágenes impactantes, donde la alcachofa de la ducha, el agua, el desagüe, las cortinas, las cuchilladas, la silueta imprecisa de una mujer y los ojos espantados de la víctima componen una coreografía espeluznante.
Los pacientes psiquiátricos suelen ser tranquilos y pacíficos y tienden a rehuir las relaciones sociales. Es cierto que un momento de descompensación asociado muchas veces al abandono de la medicación pueden mostrase inquietos y agitados, pero si aparecen conductas violentas, suelen estar orientadas contra sí mismos y sólo raramente hacia los demás. Los estudios estadísticos reflejan, en cambio, que sufren agresiones y abusos en porcentajes alarmantes.

El trastorno bipolar es un eufemismo que pretende encubrir el estigma asociado a la psicosis maniaco-depresiva. De acuerdo con este criterio, se ha planteado cambiar el diagnóstico de esquizofrenia por otro término con connotaciones menos negativas. Una mente maravillosa (Ron Howard, 2001) se adentraban en la mente desordenada del matemático John Nash.
La esquizofrenia paranoide no impidió que Nash recibiera el Premio Nobel de Economía en 1994 ni que retomara la docencia después de hospitalizaciones intermitentes a partir de 1959, cuando se le diagnosticó la enfermedad. Una mente maravillosa es una película mediocre que no soporta el contraste con Psicosis. Sin embargo, está más cerca de la verdad, pese a ciertas licencias impuestas por el lenguaje cinematográfico.
Las alucinaciones visuales son altamente infrecuentes en la esquizofrenia, pero es comprensible que un director de cine recurra a ellas para armar un relato. Las enfermedades mentales aún soportan el menosprecio alimentado por falsos mitos. Platón recurrió al mito por su capacidad esclarecedora. El mito es una narración que trasciende el concepto. Cuando Esquilo nos relata la tragedia de Prometeo, nos enseña que el conocimiento puede ser una dolorosa carga. Ser conscientes de nuestra finitud no nos ayuda a ser más felices. Hay que preservar los mitos que iluminan aspectos de la condición humana, pero hay que desterrar los que propician la incomprensión, el miedo o el rechazo.

Volveré a ver Psicosis y renovaré mi admiración hacia el talento de Hitchcock, pero nunca olvidaré que sólo es una ficción insostenible. Desgraciadamente, muchos seguirán pensando que Norman Bates es la representación perfecta de la enajenación mental. Si alguien quiere conocer la dolorosa verdad, le recomiendo Frances (Graeme Clifford, 1982), una sobrecogedora biografía de la actriz Frances Farmer (Seattle, 1913-Indiana, 1970) interpretada por Jessica Lange, que obtuvo una nominación al Oscar por su trabajo. Frances Farmer era una joven actriz de 23 años, independiente y con un carácter poco convencional, que sufrió varios brotes psicóticos.
La enfermedad truncó su carrera. Internada durante cinco años en el hospital psiquiátrico de Washington, soportó durísimas sesiones de electrochoque y sucesivos estados de coma inducidos con inyecciones de insulina. Además, sufrió repetidas violaciones sexuales bajo el consentimiento de los médicos. A pesar de todo, logró enderezar su vida. Después del alta, trabajó como recepcionista de hotel y secretaria de oficina. En sus últimos años, disfrutó de su propio espacio televisivo: “Frances Farmer presents”. La esperanza no es un recurso literario, sino una prueba de la tenacidad del ser humano en su determinación de no sucumbir a la fatalidad. John Nash y Frances Farmer no son un mito, sino una realidad que liquida los mitos sobre la enfermedad mental.

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