El Real Madrid ha hecho un ridículo histórico, quizá el mayor de su larga trayectoria, al caer goleado contra un modesto equipo madrileño, el Alcorcón, alojado desde ayer en el corazón de tantos y tantos ciudadanos de toda España acostumbrados a doblar la rodilla ante el poderoso. Ésta es la principal metáfora de la estrepitosa derrota del club blanco, aquejado de ese tipo de arrogancia en que suelen incurrir quienes tiene de todo pero se olvidan de lo más importante: los valores del mérito, el esfuerzo, la capacidad, el sacrificio y el compromiso. Todo esto estuvo presente en el lado de Alcorcón, que emuló a David en el valle de Elah y derribó con su onda al gigante Goliath con sus futbolistas millonarios, en presencia de ese epítome de la abundancia que encarna Florentino Pérez.
No se castigó el éxito, una virtud plausible si se logra con trabajo y se revierte con una actitud educativa; sino la indolente prepotencia de una organización que, siendo deportiva, es también social: en el espejo del Real Madrid se miran millones de personas, y las sombras que proyecta exceden del ámbito futbolístico para adentrarse en el terreno estructural de una sociedad.
Los cuatro goles del Alcorcón son cuatro razones para creer en la condición humana por encima del estatus y para demostrar que, cuando se logra uno elevado, hay que cuidarlo y merecerlo: nadie tiene que pedir disculpas cuando progresa con su esfuerzo y talento; pero no queda más remedio que hacerlo cuando se transforman esos valores en una excusa para holgazanear. |