La controvertida foto de Aguirre despeinada, contenta en su camilla, recién operada, no apela a la información: todo el mundo sabía lo que tenía, a qué se enfrentaba y cuándo y dónde iba a ser intervenida. No es 'buen periodismo' pues, como dice Fernando Múgica en El Mundo para defender su publicación y añadir de paso que todas las críticas que otros periodistas hemos hecho -yo aquí y en la Ser también- nacen de los celos y la envidia: me doy por aludido, y lo estoy, porque este medio fue el primero a las 7:34 de la mañana del miércoles 23-F en preguntarse en su portada por la idoneidad y circunstancias de la célebre foto 'robada', provocando de algún modo el terremoto posterior en las redes sociales.
Al no cumplir ninguno de los requisitos del buen periodismo, ya cubiertos previamente por la escueta información oficial y la algo más exagerada atención periodística, sólo puede apelar al morbo: no todo lo que le interesa saber o ver a la gente es información, y no entender algo tan básico está en la base de los problemas del periodismo, de su infumable confusión con el espectáculo rosa y amarillo, de la generalizada percepción de que el propio Múgica -o yo- y Karmele Marchante nos dedicamos a lo mismo por presentarnos con el mismo oficio (como si el policía y el terrorista fueran iguales por llevar pistola ambos); de la degradación incesante de la imagen pública de una función indispensable que lo pierde todo cuando pierde el sentido común.

La portada, reducida para que no se vea casi: quizá también sea un error
Esa foto tiene tanto que ver con la información como el impresentable vídeo de Pedro J. Ramírez con el derecho a informarse: éste no se legitima en la certeza de que querían verlo millones de personas; y aquella no lo hace por las idénticas razones. Ambas circunstancias pertenecen al terreno de la intimidad y la privacidad, y no hay argumento de la misma jerarquía que la decisión de ejercerlos en los protagonistas de ambas estampas, por lo demás bien distintas.
Una cosa es el interés público y otra bien distinta el interés del público: por ese camino frívolo y evanescente, se justificaría todo: la difusión de imágenes crueles del interior de los trenes del 11-M (antes de que Múgica convierta en scoop la falta de contención, un paréntesis: no sólo El Mundo las tiene; aunque sólo El Mundo las publicó con inmenso mal gusto); la recreación audiovisual con primeros planos de una ejecución en Texas o, por llevar el razonamiento ad infinitum, la proyección de la violación de un menor si se ha tenido acceso a las imágenes de algún modo.
Santiago Auserón se presenta a sí mismo como un 'integrista de la duda', que es el género favorito del buen periodismo y el paso previo para guardar en un cajón todo aquello que, si provoca arcadas y expectación a la vez, puede ser cualquier cosa menos periodismo: apoyarse en las tragaderas de la opinión pública para legitimar cualquier exceso y tildar de inútiles envidiosos a los que intentamos mantener el decoro, compra un mensaje válido para una casquería pero no para un medio de comunicación: aquí, el cliente no siempre tiene razón.
Posdata. El atraco a Aguirre tiene que ver con el periodismo lo mismo que los "tontitos" de Celia Villalobos con el habla coloquial. Con la diputada no llega el diminutivo: hay que ser sinvergüenza para seguir viviendo de representar a nadie tras pisotear así sus obligaciones. Claro que vivimos en un país que no ha sido capaz de dar aún una calle a Gutiérrez Mellado pero invita a comer a todos esos diputados que cogieron lumbago en el hemiciclo de tanto agacharse en el 23-F. Con héroes así, para qué queremos sabandijas. |