José del Corral
por José Manuel Lucía Megías

MARTES 22 DE FEBRERO DE 2011 A LAS 13:43 HORAS
Opinión > Cultura
 
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José del Corral ha muerto, nos ha abandonado en un lluvioso día de Madrid, de este Madrid que él tanto amó, de este Madrid al que dedicó muchas horas de su vida para desentrañar su historia, los detalles de las cientos de calles, casas y habitantes que pasaron por la destreza de su pensamiento y de su análisis. Se nos ha ido José del Corral en silencio, con la modestia que solo está reservada a los verdaderamente grandes, a los grandes de espíritu y a los grandes de pensamiento.

Se nos ha ido sin hacer ruido, dejando tras de sí una larga vida dedicada a las letras, a la historia, a la curiosidad que nunca debe abandonar a todo científico, a todo humanista. Se nos ha ido dejándonos detrás un mar inmenso de sabiduría, de buenas palabras y de una saber conocer para luego divulgar, para luego compartir. Un buen maestro que se aprecia en los miles de lectores que hemos devorado sus ensayos, sus escritos, esa capacidad que tenía de hacer sencillo lo que para él habían sido meses y años de investigación, de análisis, de continuo diálogo en un interminable preguntarse y responderse.


Nació José del Corral en 1916. Y lo hizo en un Madrid que ha sido testigo de los grandes cambios de nuestro país, como José del Corral ha sido cronista (oficial de la villa desde 1999) de lo acontecido desde entonces y mucho antes, en el momento de máximo esplendor de Madrid: los conocidos como Siglos de Oro. Frente a la imagen del Madrid castizo, el más artificial y el más falso, con su chotis, sus verbenas y sus chaquetillas (todos ellos inventos o préstamos de finales del siglo XIX), a José del Corral siempre le gustó acercarse al Siglo de Oro, a intentar comprender cómo se vivía entre sus calles, cómo era posible que una gran masa de población pudiera disfrutar de las obras de los grandes autores de la época, que han dado fama mundial al español, quiénes vivían en unas determinadas casas, quiénes compartían vivencias y cotidianidades, al margen, en ocasiones, de clases sociales.

Espacio para ennoblecerse, la corte y villa de Madrid, ha sido el gran laboratorio en que José del Corral ha conseguido sacar sus grandes joyas, esos libros que siguen haciendo las delicias de los lectores: “La vida cotidiana del Madrid del siglo XVI”, “El Madrid de los Austrias”, “El Madrid de Velázquez”, “Gentes en el Madrid del siglo XVII”… Tajante en sus afirmaciones, así se expresaba en el año 2008: –“Yo tengo una pequeña manía que es muy sencilla: ¿cuál es el mejor momento de Madrid? No hay duda de que el mejor es el Siglo de Oro. No hay ninguna otra ciudad en el mundo, y esto hay que decirlo muy claro, en la que a la vez hayan vivido personajes como Cervantes, Lope de Vega, Quevedo, Góngora y Velázquez. Si viajas por el mundo le dicen aquí vivió fulanito, aquí vivió..., pero aquí vivieron todos estos genios. Es el gran momento de Madrid, aunque estúpidamente se llega en el siglo XIX a un casticismo tonto e inútil”.


Y con ser el Siglo de Oro su gran pasión, uno de esos territorios madrileños en los que se sentía más cómodo, no se quedó su curiosidad anclada en los siglos XVI y XVII, sino que voló por encima del XIX (“El Madrid de los Borbones”, “Tragedias en el Madrid romántico”, “La vida cotidiana en el Madrid del siglo XIX”), e incluso se entusiasmó (y nos hizo entusiasmar) con la historia de la Cibeles (“Autobiografía de la Cibeles”), o de la Gran Vía (“La Gran Vía. Historia de una calle”). De la primera recordaba siempre el gran problema que fue el traer los grandes bloques de piedra desde la Sierra, y de la segunda, que sin ser su calle preferida, se sentía de ella enamorado: de la Gran Vía que hace honor a su nombre y no de la actual, de la que va dejando paso a los cines y a las tiendas a las grandes cadenas comerciales.

Pero más que la degradación, a José del Corral le gustaban las historia y los absurdos, por eso no quiso acabar su libro sobre la calle madrileña sin recordar cómo el 23 de enero de 1928 se produjo una peculiar corrida de toros en la Gran Vía: una de las reses que se llevaban al matadero municipal, por aquel entonces en Legazpi, se escapó, y llegó a la Gran Vía en hora punta. Pero la casualidad no iba a acabar allí: en las inmediaciones de la calle vivía el torero Fortuna, que, haciendo buena cuenta de su nombre, se quitó el abrigo y con él comenzó a llamar su atención, mientras que alguien iba a su casa a por un estoque. Y así, la faena se desarrolló en las aceras, en la calle entre un público  entre asustado y alegre por ser testigos de tal curiosa faena improvisada. “Fortuna acabó con el toro de media corta y un descabello y se ganó la más entusiasmada y agradecida ovación y la Cruz de Beneficencia, que le fue otorgada, bien justamente, por el Gobierno”.


José del Corral disfrutaba estudiando y escribiendo. Y lo hacía porque la lectura había sido –y siempre lo seguirá siendo- una de sus grandes pasiones: “La lectura ha sido siempre la gran ocupación de mis horas”. Leyendo, leyendo y leyendo. Y haciendo leer a tantas generaciones. Desde sus propios hijos. Milagros del Corral, exdirectora de la Biblioteca Nacional de España, ya leía a los cuatro años, y muchos somos los lectores que nos hemos acercado y hemos disfrutado con la lectura de sus libros.

Y lo seguiremos haciendo, pues Madrid es otra gracias a los estudios y al entusiasmo de José del Corral. Un entusiasmo, una curiosidad que le han acompañado hasta sus últimos momentos. Recuerdo aún una cena que tuve la oportunidad y el honor de compartir con él en el Círculo de Bellas Artes; una cena en que, mientras no perdía detalle de lo que sucedía a nuestro alrededor, y daba buena cuenta de los distintos platos que iban desfilando ante nuestros ojos, me habló de la nueva investigación que tenía entre manos, ese volver al Siglo de Oro y a indagar quiénes vivían en una determinada calle, ya que, gracias a los documentos que estaba consultando, era capaz de precisar quién había sido inquilino de ciertas casas cerca de los mentideros literarios en los años gloriosos de Madrid. De este Madrid en que sigue lloviendo, porque también las ciudades tienen sentimientos y sufren cuando se les muere alguien tan cercano. ¡Y si no, que se lo digan a la Cibeles, cuyas lágrimas se confunden con la lluvia que ahora mismo cae sobre Madrid!


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