Los derechos de los animales
por Rafael Narbona

JUEVES 17 DE FEBRERO DE 2011 A LAS 10:12 HORAS
Opinión > Cultura
 
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Las buenas causas necesitan buenas ideas y los animalistas, lejos de elaborar argumentos sólidos, han caído en la trampa del radicalismo y el sectarismo excluyente. Su irresponsabilidad sólo contribuye a debilitar una causa que necesita una elaboración teórica responsable. Si no se aportan razones de peso, los derechos de los animales nunca lograrán situarse en el ámbito de las reivindicaciones necesarias.

 

Los animalistas no pueden deformar el orden natural, atribuyendo al resto de las especies cualidades morales que sólo pueden surgir en una mente con capacidad de abstracción y autocrítica. Cuando Schopenhauer afirmó que “estudiar y conocer al hombre, le había empujado a experimentar un amor creciente hacia su perro”, elevó su misantropía al grado de estupidez peligrosa.

 

Schopenhauer nunca ocultó su desprecio por la mujer, la clase obrera, los cambios sociales y los movimientos igualitarios. Su filosofía reduce la vida a una experiencia inútil de dolor sin término. Inspirándose en una peculiar interpretación del budismo, recomienda la extinción del deseo y la abstinencia sexual. El hombre no puede huir del sufrimiento. Su única forma de conocer la paz es interrumpir el ciclo reproductivo y desaparecer.

 

 

Durante las revoluciones románticas del XIX, Schopenhauer ofrecía la azotea de su casa a los soldados para que pudieran disparar contra los agitadores. Incluso les prestaba sus prismáticos o les ayudaba a localizar sus blancos, ocupándose personalmente de rastrear los alrededores.

 

La famosa frase “cuanto más conozco al hombre más quiero a mi perro” merece un lugar privilegiado en una antología del disparate. El amor a los animales es un desarrollo moral que prolonga nuestro compromiso con la vida. Si aspiramos a una ética universal, que contemple la protección del medio ambiente y el respeto al resto de las especies, no podemos justificar el menosprecio del ser humano. Sólo los países democráticos reconocen derechos a los animales.

 

En las dictaduras, se maltrata con la misma impunidad a todas las especies, incluido el hombre. El amor a los animales debe estar ligado a la solidaridad con nuestros semejantes. Si no existe este vínculo, se corre el riesgo de desembocar en horribles perversiones morales.

 

Hitler era un gran amante de los perros y, en una ocasión, se fotografió con un cervatillo, ofreciéndole con ternura su mano. La Alemania nazi prohibió la vivisección y organizó las primeras campañas contra el tabaco. Casi nadie ignora que Hitler era vegetariano y adoraba a su perra Blondie, un pastor alemán al que envenenó poco antes de suicidarse para comprobar la eficacia del cianuro.

 

Los animalistas han escuchado mil veces estos argumentos, pero tal vez no estén informados de la enorme hipocresía del régimen nazi. En sus Diarios, el eminente filólogo Victor Klemperer nos relata que el III Reich obligó a los judíos a desprenderse de sus mascotas. No les ofreció la oportunidad de entregarlas en adopción. Exigió que las sacrificaran. Klemperer narra con enorme tristeza su visita al veterinario para cumplir la odiosa imposición legal. Expulsado de su cátedra y confinado en un gueto, Klemperer reconoce que la muerte de sus gatos le afectó mucho más que la privación de sus derechos como ciudadano.

 

 

Hitler mostraba el mismo amor por los animales que por los seres humanos. De hecho, cuando el Ejército Rojo avanzaba hacia Berlín, afirmó que no derramaría ni una lágrima por el pueblo alemán, si no era capaz de ganar la guerra. Su concepción de la política se basaba en un darwinismo mal interpretado, según el cual los débiles deben perecer. Cuando sus generales le advirtieron que los jóvenes soldados alemanes –algunos menores de edad- morían en las afueras de Berlín en unas proporciones alarmantes, contestó que la juventud no tenía otro cometido ni otra razón de ser.


El sentimentalismo histérico suele estar asociado a una absoluta falta de empatía hacia la vida ajena. Los animalistas deben ligar sus reivindicaciones a un compromiso inequívoco con los derechos humanos. Afirmar que el ser humano es un inmundo y despreciable no ayuda a promover su lucha política.


Peter Singer es el autor de Liberación animal, un clásico de la teoría moral que responsabiliza al hombre un especismo, gracias al cual ha masacrado y explotado al resto de los animales sin un ápice de mala conciencia. Singer sostiene que el especismo es una forma de racismo, pues sólo reconoce derechos a los humanos y no repara en el sufrimiento del resto de las especies.

 

Este punto de vista parece razonable, pero no puede aceptarse sin un debate amplio y matizado. Sin embargo, es completamente inaceptable afirmar que un niño con una profunda discapacidad psíquica es un objeto moral de segundo orden. Singer alega que su precaria –o inexistente- conciencia es incomparable con la complejidad emocional de un chimpancé. Esa desigualdad sitúa presuntamente al chimpancé en una esfera moral superior a la de un niño con un autismo profundo. Peter Singer utiliza argumentos que recuerdan las pavorosas teorías eugenésicas.

 

 

 

Los derechos de los animales representan un gran reto moral para el siglo XXI. La legislación no puede limitarse a proteger a las especies amenazadas y a las que nos acompañan en nuestra vida familiar, como perros, gatos y pájaros. La tauromaquia, los zoológicos y los circos deberán desaparecer gradualmente, pero las reservas naturales no siempre constituyen un entorno seguro.

 

Algunas especies deberán ser trasladas a otros ámbitos geográficos porque en su lugar de origen no existen las condiciones necesarias para su supervivencia. Es el caso de los gorilas que vagabundean por las Montañas Virunga, escenario de conflictos bélicos interminables. No hay que olvidar, por último, la situación de los animales dedicados al consumo, estabulados en granjas que evocan los horrores de Treblinka.


Los derechos de los animales son demasiado importantes para transigir con la necedad y la insensatez. No se puede pedir la abolición de la tauromaquia y celebrar la cogida de un diestro. Ni el toro ni el ser humano merecen estar implicados en un espectáculo atávico y truculento. Salvo excepciones, los animalistas deben adoptar otra línea política, si no quieren desacreditar una causa que merece toda mi simpatía.

 

No es suficiente tener razón. Además, hay que ser razonable, flexible y prudente. Aristóteles dedica un libro a la prudencia en su Ética a Nicómaco, donde afirma que la prudencia consiste en “ser capaz de deliberar rectamente sobre lo que es bueno y conveniente”. Me temo que la prudencia apenas interviene en los grandes debates morales del siglo XXI.

 


Comentarios
Yoli Lopez STRAWERRY@TERRA.ES
sábado 19 de febrero de 2011 a las 18:32 horas
Luchemos porque los derechos de los animales sean respetados.Este 22 de mayo Vota a Pacma (Partido Antitaurino Contra el Maltrato Animal), el único partido en España ke defiende a los animales http://www.pacma.es
Sergio Haslam azuldeoro@gmail.com
viernes 18 de febrero de 2011 a las 19:24 horas
Que curioso. El autor de este escrito alude de manera crìtica a diversos personajes històticos para intentar deslegitimizar a los defensores de animales, pero al final, se apoya en una frase de Aristòteles, cèlebre pensador de la antiguedad, pero tambièn misògino, racista y aristòcrata. Supongo que debe conocer los escritos de este filòsofo defendiendo la esclavitud, la inferioridad de las mujeres y de los "bàrbaros" (o sea todos los que no eran helenos) y la legitimidad de las guerras como metòdo natural de adquisiciòn; a tal grado la enalteciò que hasta decìa que morir en combate era tener una "muerte bella"... Otro escritor a conveniencia
Yo misma
jueves 17 de febrero de 2011 a las 15:59 horas
La premisa de la que parten los animalistas es que todos los animales tenemos capacidad de sentir e intereses que, aunque diferentes, siempre son legítimos. Especismo es el no repeto a esos intereses y a esa capacidad de sentir por parte de los animales humanos.
Nacho
jueves 17 de febrero de 2011 a las 15:34 horas
Cuando se quiere defender un argumento y se menciona a Hitler y a los nazis, se pierde la discusión. Existe una famosa ley que lo demuestra. En este caso, el autor es culpable de una doble ignorancia: ignora lo que es el animalismo e ignora lo que fue el nazismo y Hitler.
Cuestion De Respeto
jueves 17 de febrero de 2011 a las 14:25 horas
Son quienes aceptan los derechos humanos, quienes deberian extenderlos y respetar a los no-humanos, que no respetan por egoismo, ignorancia o la mas clara tirania. www.CuestionDeRespeto.com
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