
Las buenas causas necesitan buenas ideas y los animalistas, lejos de elaborar argumentos sólidos, han caído en la trampa del radicalismo y el sectarismo excluyente. Su irresponsabilidad sólo contribuye a debilitar una causa que necesita una elaboración teórica responsable. Si no se aportan razones de peso, los derechos de los animales nunca lograrán situarse en el ámbito de las reivindicaciones necesarias.
Los animalistas no pueden deformar el orden natural, atribuyendo al resto de las especies cualidades morales que sólo pueden surgir en una mente con capacidad de abstracción y autocrítica. Cuando Schopenhauer afirmó que “estudiar y conocer al hombre, le había empujado a experimentar un amor creciente hacia su perro”, elevó su misantropía al grado de estupidez peligrosa.
Schopenhauer nunca ocultó su desprecio por la mujer, la clase obrera, los cambios sociales y los movimientos igualitarios. Su filosofía reduce la vida a una experiencia inútil de dolor sin término. Inspirándose en una peculiar interpretación del budismo, recomienda la extinción del deseo y la abstinencia sexual. El hombre no puede huir del sufrimiento. Su única forma de conocer la paz es interrumpir el ciclo reproductivo y desaparecer.

Durante las revoluciones románticas del XIX, Schopenhauer ofrecía la azotea de su casa a los soldados para que pudieran disparar contra los agitadores. Incluso les prestaba sus prismáticos o les ayudaba a localizar sus blancos, ocupándose personalmente de rastrear los alrededores.
La famosa frase “cuanto más conozco al hombre más quiero a mi perro” merece un lugar privilegiado en una antología del disparate. El amor a los animales es un desarrollo moral que prolonga nuestro compromiso con la vida. Si aspiramos a una ética universal, que contemple la protección del medio ambiente y el respeto al resto de las especies, no podemos justificar el menosprecio del ser humano. Sólo los países democráticos reconocen derechos a los animales.
En las dictaduras, se maltrata con la misma impunidad a todas las especies, incluido el hombre. El amor a los animales debe estar ligado a la solidaridad con nuestros semejantes. Si no existe este vínculo, se corre el riesgo de desembocar en horribles perversiones morales.
Hitler era un gran amante de los perros y, en una ocasión, se fotografió con un cervatillo, ofreciéndole con ternura su mano. La Alemania nazi prohibió la vivisección y organizó las primeras campañas contra el tabaco. Casi nadie ignora que Hitler era vegetariano y adoraba a su perra Blondie, un pastor alemán al que envenenó poco antes de suicidarse para comprobar la eficacia del cianuro.
Los animalistas han escuchado mil veces estos argumentos, pero tal vez no estén informados de la enorme hipocresía del régimen nazi. En sus Diarios, el eminente filólogo Victor Klemperer nos relata que el III Reich obligó a los judíos a desprenderse de sus mascotas. No les ofreció la oportunidad de entregarlas en adopción. Exigió que las sacrificaran. Klemperer narra con enorme tristeza su visita al veterinario para cumplir la odiosa imposición legal. Expulsado de su cátedra y confinado en un gueto, Klemperer reconoce que la muerte de sus gatos le afectó mucho más que la privación de sus derechos como ciudadano.

Hitler mostraba el mismo amor por los animales que por los seres humanos. De hecho, cuando el Ejército Rojo avanzaba hacia Berlín, afirmó que no derramaría ni una lágrima por el pueblo alemán, si no era capaz de ganar la guerra. Su concepción de la política se basaba en un darwinismo mal interpretado, según el cual los débiles deben perecer. Cuando sus generales le advirtieron que los jóvenes soldados alemanes –algunos menores de edad- morían en las afueras de Berlín en unas proporciones alarmantes, contestó que la juventud no tenía otro cometido ni otra razón de ser.
El sentimentalismo histérico suele estar asociado a una absoluta falta de empatía hacia la vida ajena. Los animalistas deben ligar sus reivindicaciones a un compromiso inequívoco con los derechos humanos. Afirmar que el ser humano es un inmundo y despreciable no ayuda a promover su lucha política.
Peter Singer es el autor de Liberación animal, un clásico de la teoría moral que responsabiliza al hombre un especismo, gracias al cual ha masacrado y explotado al resto de los animales sin un ápice de mala conciencia. Singer sostiene que el especismo es una forma de racismo, pues sólo reconoce derechos a los humanos y no repara en el sufrimiento del resto de las especies.
Este punto de vista parece razonable, pero no puede aceptarse sin un debate amplio y matizado. Sin embargo, es completamente inaceptable afirmar que un niño con una profunda discapacidad psíquica es un objeto moral de segundo orden. Singer alega que su precaria –o inexistente- conciencia es incomparable con la complejidad emocional de un chimpancé. Esa desigualdad sitúa presuntamente al chimpancé en una esfera moral superior a la de un niño con un autismo profundo. Peter Singer utiliza argumentos que recuerdan las pavorosas teorías eugenésicas.

Los derechos de los animales representan un gran reto moral para el siglo XXI. La legislación no puede limitarse a proteger a las especies amenazadas y a las que nos acompañan en nuestra vida familiar, como perros, gatos y pájaros. La tauromaquia, los zoológicos y los circos deberán desaparecer gradualmente, pero las reservas naturales no siempre constituyen un entorno seguro.
Algunas especies deberán ser trasladas a otros ámbitos geográficos porque en su lugar de origen no existen las condiciones necesarias para su supervivencia. Es el caso de los gorilas que vagabundean por las Montañas Virunga, escenario de conflictos bélicos interminables. No hay que olvidar, por último, la situación de los animales dedicados al consumo, estabulados en granjas que evocan los horrores de Treblinka.
Los derechos de los animales son demasiado importantes para transigir con la necedad y la insensatez. No se puede pedir la abolición de la tauromaquia y celebrar la cogida de un diestro. Ni el toro ni el ser humano merecen estar implicados en un espectáculo atávico y truculento. Salvo excepciones, los animalistas deben adoptar otra línea política, si no quieren desacreditar una causa que merece toda mi simpatía.
No es suficiente tener razón. Además, hay que ser razonable, flexible y prudente. Aristóteles dedica un libro a la prudencia en su Ética a Nicómaco, donde afirma que la prudencia consiste en “ser capaz de deliberar rectamente sobre lo que es bueno y conveniente”. Me temo que la prudencia apenas interviene en los grandes debates morales del siglo XXI.
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