Inés Fernández-Ordóñez
por José Manuel Lucía Megías

MARTES 15 DE FEBRERO DE 2011 A LAS 16:28 HORAS
Opinión > Cultura
 
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El rito se lleva repitiendo casi trescientos años. Y seguramente son pocos los cambios introducidos, impuestos por los tiempos. El edificio de la Real Academia Española abre sus puertas para recibir a sus invitados. Esta tarde de domingo, la del pasado 13 de febrero, es una de esas tardes en que la historia tiene una cita marcada en el calendario particular de toda institución. El pasado 13 de febrero leyó su discurso de ingreso en la Real Academia Española, ocupando el sillón P, que había dejado vacante el siempre llorado y admirado Ángel González, la filóloga Inés Fernández-Ordóñez.

Una lectura más y una lectura diferente. El rito está marcado con costumbres de hierro, y así desde que en 1713 Felipe V creara la Real Academia Española a imagen y semejanza de las que había dejado en su añorada Francia. Casi trescientos años en una institución que se empeña en que el tiempo no pase, que se quede congelado en la burbuja del rito y de la costumbre. Y así fue. La sala de plenos abarrotada de gente.

Desde mi posición en el piso superior tenía una vista privilegiada. Poco a poco la sala se fue llenando de amigos, colegas, alumnos, familiares de Inés Fernández Ordóñez. Sentado junto a Fernando Gómez Redondo, pude saludar en la lejanía del anonimato a Pedro Sánchez-Prieto, a Ma Jesús Torrens, a tantos otros amigos y colegas de la Universidad de Alcalá, que nos une admiración y cariño por Inés. Unos minutos antes de las siete, los académicos fueron entrando, con sus trajes de gala y sus pelos blancos, sus calvas privilegiadas… uno y otro hasta un total de veinticinco académicos, entre los que destacaban dos mujeres: Margarita Salas y Soledad Puértolas, la última de los académicos en entrar en esta casa de la lengua.

Y poco a poco los académicos iban encontrando su lugar; desde Víctor García de la Concha que en los últimos años había presidido estos actos, hasta un revoltoso Arturo Pérez Reverte, que se movía entre los bancos académicos como el niño travieso de la clase, que se sabe el preferido de la profesora… y entre ellos, Luis Mateo Díaz, José María Merino, Juan Luis Cebrián, Luis María Anson, Álvaro Pombo, Humberto López Morales, Francisco Rodríguez Adrados, Ignacio Bosque, Gregorio Salvador… y presidiendo el acto, junto al Ministro de Educación, Ángel Gabilondo, José Manuel Blecua y Darío Villanueva. La sala abarrotada, los académicos sentados, intentando peinar sus melenas invisibles, y el ministro que da comienzo al acto, a la recepción pública de un nuevo miembro entre los académicos españoles.

Y el rito comienza. Los académicos Soledad Puértolas y José María Merino se levantan para acompañar a la nueva académica para que entre en el salón: será la última vez que lo haga por la puerta abierta a todos los ciudadanos. Y el rito se repite desde hace trescientos años, y con él se repite la emoción: Inés Fernández-Ordóñez entrando en el salón, que se alza en pie y comienza una ovación. Si en vez de los trajes y vestidos de hoy, hubiéramos todos ido vestidos con la moda de 1713, nada hubiera cambiado. Nada. Ni la emoción, casi el corazón saliéndose del pecho de la nueva académica, que anda con paso emocionado y lento por el salón hasta llegar a su mesa, esa en la que desgranará su discurso de ingreso. Una emoción compartida. Un abrazar con aplausos y sonrisas.

El discurso de Inés Fernández-Ordóñez recuperó para el salón de la RAE la esencia de la mejor filología española: un discurso sobre el origen del español, en que la dialectología se sumó a la lingüística histórica, siguiendo la nueva metodología que Inés Fernández-Ordóñez bautizó hace unos años con el nombre de “dialectología histórica". Después de tantos años con discursos literarios, nacidos de la pluma de nuestros novelistas más reconocidos, había llegado el momento que se oyera la voz, de nuevo, de una filología que atiende tanto a los problemas de lengua como a los textuales, como único medio de poder entender nuestro pasado, ese al que nos dedicamos a estudiar y comprender (y hacer comprensible), y no solo a marear y hacer cada vez más insondables e inexplicable. Y como un hábil cirujano de la docencia y de la investigación, Inés Fernández-Ordóñez fue abriéndose paso por los músculos de la tradición (de la famosa Escuela de Filología Española de don Ramón Menéndez Pidal a la que tanto debemos todos) hasta llegar al meollo del problema, a ese principio metodológico que todo lo estaba distorsionando, que nos había llevado a dar por ciertas hipótesis que se anclaban en un tiempo que no fue otro que el de los herederos del 98: la castellanización de nuestra comprensión del pasado.

Frente a la idea de que español y castellano son una “mesma cosa" (por ser reduccionista y un poco quijotesco), Inés Fernández-Ordóñez fue demostrando cómo en la formación del español –de esta lengua que todos hablamos en la actualidad, al margen de acentos y de variedad lingüísticas, y de imposiciones políticas constitucionales– y en su difusión por la Península Ibérica, habíamos de dejar atrás la imagen única de una cuña castellana que desde el norte se había ido imponiendo hacia el sur siguiendo el camino de la Reconquista, para hablar de una mayor pluralidad de contactos lingüísticos, de influencias de otras modalidades lingüísticas (tanto hispánicas como románicas), en que se encuentran ya documentados rasgos que hasta ahora se habían considerado específicos del castellano… Una gran lección de dialectología histórica, de filología la que el pasado domingo se escuchó en el salón de plenos de la Real Academia Española, en la recepción pública de una nueva académica: Inés Fernández-Ordóñez.

Una gran lección. Una gran alegría saber que a partir de ahora, en las interminables (y casi bizantinas) discusiones en las sesiones de la RAE también se podrá escuchar la voz autorizada de alguien que sabe de filología y de crítica textual. Y mucho. Y muy bien.


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