Si el agua que bebemos tuviera la décima parte de las sustancias dañinas que flotan en el aire que respiramos, la alarma sanitaria sería histórica y el Gobierno tendría que decretar el estado de excepción. Pero es absurdo pensar que éste es un problema que existe y depende en exclusiva de la pericia de Ana Botella, Pedro Castro, Bartolomé González o la flamante ministra del ramo, la inédita Rosa Aguilar.
Hablamos de una merienda entre cínicos asentados en costumbres y necesidades difíciles de esconder. A un lado de la mesa, los políticos que venden coches y compran petróleo pero luego intentan que se utilice el transporte público. Al otro, una generación que ha convertido el volante en una religión y que está convencida de que coger un coche y aparcarlo en origen y en destino gratis y fácilmente es un derecho.
Muy español todo: quejarse de algo que provoca uno mismo y echarle la culpa al empedrado. Mientras la pedagogía hace su trabajo, sólo es útil la restricción. Pero a ver quién echa guindas a ese pavo.
Elecciones. Las Elecciones Generales deberían celebrarse cada siete años, como en Francia: es un tiempo razonable para gobernar sin pensar demasiado en las urnas. Las Municipales, sin embargo, debieran convocarse cada dos años: el estímulo de los comicios en el alma de un alcalde, o de quien aspira a serlo, tiene un efecto inmediato en la gestión cotidiana. Reformar las pensiones o el mercado laboral requiere de tiempo, paciencia y algo de cuartel. Pero movilizar a la Policía, encontrar dinero para las obras o limpiar las calles con fruición sólo ocurre, en todas las ciudades de España, cuando se vislumbra la jornada electoral y la urna se convierte en una marmita de emociones casi dopantes para los munícipes. Rectifico: que haya elecciones una vez al mes, mejor.
El PSOE. Al PSOE se le incluye en una disputa electoral –local, autonómica y nacional-, pero hace mucho que sólo piensa en la herencia. Acribillar al candidato a la alcaldía de Madrid no es un error, sino un indicio de cuál es el juego: no perder por demasiado y tener colocadas a las tropas propias para cuando llegue la batalla. El PP, a su manera, también lo ha hecho: hasta tres candidatos madrileños ejercen de alcorconeros o getafenses de la noche a la mañana. El día después consiste en disimular que duele la derrota pero mirar de reojo para comprobar que, sea en el Gobierno o en la oposición, todo el mundo está colocado, con cierto confort y dispuesto a hacer de Caín o de Abel con el hermano de partido.
Flashmob. Las revueltas árabes tienen menos que ver con el Muro de Berlín que con la caída de la Inquisición. Pero sobre todo es un flashmob sostenido: una multitud espontánea concentrada de repente en un espacio público para hacer algo inusual. Por ejemplo echar a un dictador sostenido hasta ahora por medio mundo. Combinar deseo de libertad, capacidad tecnológica de convocatoria y hartazgo vale para una revolución de los claveles del Nilo, pero también para todo lo demás. Llega la era del flashmob y, en poco tiempo, veremos más de uno, más cerca de lo que pensábamos.
Anonymous. Ya basta con ponerse una careta para recibir, desde el periodismo laxo, la categoría de héroe. Vale para un Goya y un descosido. Aunque todo acabe así: con huevos en la alfombra roja o con generales tomando el poder egipcio. |