Los datos de contaminación que publicamos hoy son desalentadores. Mientras el debate se centra en la capital, las cifras arrojan un panorama también preocupante para los municipios de la zona metropolitana. Alcalá es la segunda ciudad peor situada en algunos de los indicadores más importantes, como es el caso del de las partículas en suspensión. El dato es muy relevante sin necesidad de recurrir a los corolarios de mortalidad o enfermedades que cada colectivo quiera colocarle. Sencillamente es inaceptable que la suciedad que nadie toleraría en el agua la aceptemos en el aire con una especie de resignación urbana ante lo que es un problema de salud pública. El peligro no es imaginario: de hecho los datos sobrepasan los límites de protección de la salud fijados por la legislación vigente, pero lo hace en mucha mayor medida sobre las recomendaciones que hace la Organización Mundial de la Salud, como han recordado los ecologistas. Esto significa que los políticos primero se han hecho las trampas del solitario haciendo la ley, para después tropezar de nuevo con ella porque el modelo de desarrollo y el de movilidad se les va de las manos.
El buen tiempo en pleno invierno, la ausencia de lluvias y el escaso viento han dado alas a los malos datos. Incluso ayer empezaba a notarse un cierto aumento de las visitas a urgencias, aunque fuese difícil establecer una relación directa con este problema. En lo que parece estar todo el mundo de acuerdo, menos el alcalde Gallardón, es en que el excesivo empleo de vehículos particulares habitual ha producido esta situación, a todas luces preocupante a tenor de los datos aportados por los ecologistas.
Y es precisamente Gallardón uno de los que debería estar más comprometido con este problema. Porque aunque es cierto que la gravedad de la contaminación convierte este asunto en un tema de Estado, no menos cierto es que los malos datos de las ciudades de la región en cuanto a calidad del aire se deben en muy buena medida a la contaminación que destila Madrid capital. La conocida boina que cada mediodía corona Madrid desaparece al caer la noche, sino que llega hasta otras zonas.
Todo esto no tiene por qué demonizar a la capital. Pero sí darle al problema una dimensión adecuada. La situación va bastante más allá de las clásicas disposiciones de un alcalde hacia sus vecinos. Esto compete a otros muchos, afecta a otros núcleos urbanos y es también responsabilidad de más individuos de los que pernoctan en la capital. Hay que reducir el uso del vehículo privado y potenciar el transporte público. Pero seguramente sea un buen momento también para hacer una reflexión como país sobre el tipo de desarrollo que queremos, qué prioridades marcamos a la hora de gravar el transporte privado y qué uso permitimos hacer de él en las ciudades.
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