Ya desde los tiempos en los que se escribió la Ilíada las historias de la realeza han ejercido una fuerte atracción sobre la humanidad. La apasionante mezcla de luchas por el poder, intrigas familiares, cotilleos con o sin fundamento y destino trágico ha sido utilizada después por Esquilo, Shakespeare, o Schiller con resultados que son patrimonio de la humanidad. Parece que la fórmula, rebajada por una resolución no trágica, sigue funcionando, como indican las doce nominaciones a los Oscar ® que ha obtenido esta semana la producción anglo-australiana El discurso del rey.
La película comienza con un discurso del duque de York (Colin Firth) en 1925 en el estadio de Wembley y, con bastantes elipsis, termina con otro en 1939 en el palacio de Buckingham cuando tras la abdicación de su hermano, Eduardo VIII en 1937, el duque se ha convertido en el rey Jorge VI. El interés humano se debe a la tartamudez que padecía desde niño Jorge VI, un zurdo obligado a escribir con la mano derecha, y que prácticamente le incapacitaba para ejercer la función pública de su profesión en un tiempo en el que ya es imprescindible dirigirse a la población a través de los incipientes medios de comunicación de masas: la radio y los noticiarios cinematográficos.
Perdido el poder político a partir de 1688 en favor de los primeros ministros elegidos por mayorías parlamentarias en la cámara de los Comunes, la familia real inglesa, como muy oportunamente indica el padre del duque (Jorge V) no puede caer más bajo porque se ha tenido que convertir en un grupo de actores. Con mucho tino el duque puntualiza que no son una familia, sino una empresa. El que en la intimidad los hermanos utilicen sus nombres familiares (David y Bertie) y no los dinásticos refuerza la sensación de que asistimos a las peripecias de una compañía teatral. La carencia de poder político se compensó por la doble función simbólica ejercida por el rey como cabeza de la iglesia Anglicana y como jefe del estado de un conglomerado político que abarcaba el Reino Unido, los Dominios, la India, las colonias y los mandatos de la Sociedad de Naciones.
Además de por el siempre encomiable afán de superación personal (tremenda la secuencia con las canicas), el mecanismo de identificación del espectador se pone en marcha por la relación profesional y personal que establece el duque con Lionel Logue (Geoffrey Rush), un actor australiano que ejerce como cotizado logopeda autodidacto y que es el único que consigue resultados positivos en su tratamiento. Son dos hombres diferentes en todo: carácter, extracción social, familia, aficiones. El trato continuo les llevará primero al conocimiento del otro, luego al respeto y finalmente a la amistad.
Como suele ocurrir en las producciones británicas el reparto es homogéneo y brillante, lleno de intérpretes que han aprendido su oficio en el teatro clásico. El trabajo de Firth (Otro país, Shakespeare enamorado, Una familia con clase), premiado con el Globo de Oro, es de los que hacen época por su dificultad y humanidad, pero también es muy destacable el de Helena Bonham Carter (Regreso a Howards End, Big Fish), como su esposa enamorada, clasista y que no soporta a la cuñada plebeya, bidivorciada y estadounidense. En los papeles secundarios además de a Geoffrey Rush (Shakespeare enamorado, Piratas del Caribe, El sastre de Panamá), se puede nombrar a Michael Gambon (El dilema, Gosford Park, Open Range) como Jorge V; a Timothy Spall (Secretos y mentiras, The Damned United) como Winston Churchill; a Derek Jacobi (Yo, Claudio, El factor humano, Enrique V, Gladiator, Gosford Park) como el arzobispo Lang; y a Guy Pearce (L. A. Confidential, Las aventuras de Priscilla, reina del desierto, Memento, En tierra hostil) como Eduardo VIII.
El discurso del rey es un tipo de película que gusta mucho (histórica, melodramática) y que es tan agradable de ver que deja poca huella duradera. Dirige Tom Hooper, que parece especializado en obras de época tanto en miniseries televisivas (Isabel I, la muy premiada y muy interesante John Adams) como en cine (The Damned United). La banda sonora mezcla con equilibrio música original del francés Alexandre Desplat (Syriana, La reina, El escritor) y obras clásicas como la 7ª sinfonía y el concierto para piano número 5 de Bethoveen y Las bodas de Figaro de Mozart.
Grados de separación
Una de las licencias más chocantes de El discurso del rey es la referida a la postura política de Winston Churchill durante la crisis constitucional que llevó a la abdicación de Eduardo VIII, pues fue uno de los pocos apoyos que tuvo ese rey. ¿Será para reforzar la mítica imagen de infalibilidad del aristocrático político inglés? En cualquier caso, la vida de Churchill daría para una miniserie apasionante. Desde sus tiempos como corresponsal de guerra en Cuba y en Sudán a finales del siglo XIX hasta su premio Nobel de Literatura en 1953. Pasando por su captura y fuga en la 2ª guerra Boer; sus cambios de partido político, su participación en la 1ª guerra Mundial como Primer Lord del Almirantazgo, comandante de infantería y Ministro de Municiones; su paso por la Secretaría de Estado para las Colonias a principios de los años veinte; su ostracismo en los años treinta; y, por usar su expresión, su mejor hora: su ejercicio como Primer Ministro entre mayo de 1940 y julio de 1945.
Fundido a negro
El 27 de enero ha muerto de un infarto a los 53 años el actor de teatro, cine y televisión Paco Maestre. Su presencia era inconfundible y difícil de olvidar en películas como Acción mutante, Todos a la cárcel, Justino, un asesino de la tercera edad, El día de la bestia, Fuera del cuerpo. |