PEDRO P. HINOJOS
El profesor de Historia del último año de instituto se nos presentó una mañana con un amigo suyo, misionero por los países del norte de África. Con una barba de varios meses, chaqueta de varios años, crucecilla de madera colgada al cuello y la mirada un poco perdida, el hombre fue invitado a contarnos sus supervivencias, más que vivencias, en unos lugares donde el apostolado cristiano, por muy humanitario que fuera, era recibido, por lo general, a pedrada limpia.
Esa vida en el filo y en aislamiento por parajes y en circunstancias que ni podíamos imaginar, explicaban en parte algunas de las extravagancias e insensateces que salpicaban el relato del misionero, que para colmo nos trataba de usted. “¿Saben ustedes quién es el señor Drácula?”, nos espetó, por ejemplo, para tratar de ejemplificar cómo las potencias europeas esquilmaban las riquezas naturales de aquellas pobres gentes. Luego divagó durante largo rato sobre cuántos alimentos podrían caber en una nevera, y cuántos de ellos podrían resistir el paso de los días sin suministro eléctrico, como modo de ilustrar, suponíamos, los atrasos y agobios que se sufrían los parias con los que trataba en aldeas perdidas por montañas achicharradas al sol.
Cuando la distracción empezaba a cundir en el aula, pese a las miradas fulminantes del profe, el misionero hizo una pausa y, levantando un poco la voz, nos lanzó la siguiente pregunta sin esperar respuesta, claro: “¿Sabían ustedes que en Libia hay chavales de su edad que son ya soldados y que se ocupan de vigilar los misiles que están apuntando a España?”. Soprendidos con aquella revelación, el misionero empezó a contarnos entonces cómo era la vida de aquellos chicos vecinos, el analfabetismo y la extrema penuria en la que vivían, la falta de futuro y la desesperación que cualquier día les empujarían “a ponerse a nadar hasta España o a montar una revolución desde Egipto hasta Marruecos”.
Han tenido que pasar más de veinte años para que le prestemos atención a lo que dijo aquel misionero con pinta de ido del que nadie se acordará. |