El cuento del Grinch
por Paula Ballesteros

LUNES 3 DE ENERO DE 2011 A LAS 22:12 HORAS
Opinión > Política
 
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Por Paula Ballesteros

 

Los cuentos infantiles son mensajes de adulto que no ha perdido el niño que  tenemos dormido cuando los años nos obligan a estar en la sociedad y las normas transforman los sueños de la infancia en aquellas pesadillas que nuestros padres trataron de quitar importancia.

 

Todos los niños hemos tenido miedo a la oscuridad en la que se esconden monstruos que no identificamos, casi sin apariencia, terroríficos, de los que nos escondemos bajo las sábanas. El sudor se hace insoportable hasta que gritamos llamando a mamá.

Probablemente Theodor Seuss Geisel conservaba el recuerdo de alguna pesadilla, cuando bajo el seudónimo de Dr. Seuss, dotó de vida al Grinch, personaje aguafiestas de la Navidad con sentimientos semejantes a muchos de nosotros cuando llegan estas fechas.

 

 

El personaje del cuento, en la última adaptación para el cine

 

La Navidad ha perdido el mensaje de amor familiar y amistad. Son días ajetreados, de consumo innecesario, reuniones familiares en las que todo el mundo finge la felicidad del encuentro y se contiene para evitar broncas que, en algún caso, es inevitable.

 

Regalos que haces para quedar bien y que nunca dan la seguridad de haber conseguido tu propósito, presentes que pasado el primer momento de la fingida sorpresa, te preguntas para qué narices quieres tu eso.

Seguro que el caricaturista estadounidense, escritor de cuentos infantiles por los que le concedieron un premio Nobel, tuvo algún mal día por estas fechas. Así vino al mundo el monstruo de sus pesadillas infantiles con el humor que le producían las Navidades orquestadas socialmente.

El Grinch vive solo, aislado y desde su cueva observa los preparativos del pueblo para la fiesta. Multitud de personas salen a la calle, hacen ruido con instrumentos musicales acompañando los villancicos desentonados que a todos les suenan a coro de ángeles. La furia del Grinch aumenta y discurre como puede fastidiar a esos estúpidos que celebran por celebrar, olvidando durante unos días todos sus problemas.

De repente una idea se abre paso a través de su negra mente: a estos patanes les voy a robar la Navidad. El perverso personaje se quiso poner manos a la obra, pero recapacitó pensando que era mejor prepararlo todo para las siguientes fiestas: llamó a sus primos, los otros Grinch, que se sintieron satisfechos de que el más reconocido miembro de su calaña contase con ellos.

En el fondo todos sabían que el cargo de jefe Grinch le había tocado en suerte, pero que méritos no reunía para ello, más bien era un poco tonto. Sin embargo al resto de la familia le servía  de mucho, conseguían buenos y bien remunerados puestos en los que no tenían que partirse la espalda trabajando.

 

De vez en cuando se inventaban un edicto y a vivir del cuento. El Grinch jefe era tan tonto que cuando le presentaban un proyecto de ley firmaba, demostrándose a sí mismo y a todos que sin su visto bueno no se hacía nada. Entre que no lo leía y que a veces se lo escribían en un idioma que gracias a su pereza, no había aprendido, el jefe no se enteraba de nada.

Se encerraba en su cueva y cuando hacía acto de presencia, ocultaba su ineptitud, actuando con las manos en plan discurso, con notorias pausas entre frase y frase. Su mujer, que cuidaba mucho el estilo, se lo había dicho cantando. Ella creía que lo hacía bien y se pasaba las horas ensayando: hasta viajó a cantar en una reunión de Grinchs y el pueblo le pagó el viaje con tal de que cantase donde ellos no tuviesen que oírla. En todo el pueblo se comentaba la foto que junto a sus dos grinchitas se había hecho el matrimonio en otro territorio grinch.

Pasó un año terrible para el pueblo, los familiares del jefe, hicieron acopio de todo, llenaron sus arcas y se aseguraron con otros jefes su vigencia como chambelanes, sus sueldos vitalicios que les permitiesen seguir viviendo a cuerpo de rey.  El pueblo empobrecido empezó a cansarse y miraban a aquel mal bicho sin cortarse un pelo. Le gritaban, "vete Grinch, ya no nos sirves ni como espíritu malo de la Navidad, ¿para qué si ya estamos todos amargados?, vete de una vez".

Los familiares se frotaban las manos, aquel tonto incauto, metido siempre en su cueva no saliendo nada más que ,a los actos en los que el protocolo le protegía de los verdaderos sentimientos que inspiraba en los demás, no sabía ni el precio de un café en la taberna del pueblo. Todos los que le rodeaban murmuraban y le aislaban, el pueblo se preguntaba nervioso, quien le sucedería sin confiar en ninguno de los posibles sucesores.

 

 

El jefe cada vez estaba más desmejorado, su cara ya no tenía aquella sonrisa taimada y permanente que le había caracterizado, sus cejas  habían perdido el trazado maquiavelico que disimulaban su mirada bovina. El talante, bueno el talante seguía igual pero ahora ya no lo disimulaba y en cualquier parte mostraba el verdadero. De los cientos que tenía, el asesor de imagen estaba preocupado, no hacía carrera de él.

 


Quedaban ya pocos días para terminar el año y las fiestas de aquel pueblo no habían sido lo animadas que años anteriores. Las calles carecían de luces y adornos navideños, las notas de los villancicos habían sido sustituidas por los gritos de peleas entre sus habitantes. Hasta su morada no subía el olor a manzanas dulces de otros tiempos.

 

El Grinch, traicionado por aquellos de los que se rodeó para preparar su venganza, paseaba por sus dominios mientras pensaba en la forma de ganarse de nuevo al pueblo. "Esta vez, si me dan otra oportunidad, les demostraré que soy digno de ser su Grinch, me quitaré de encima a todos esos inútiles chupópteros y me rodearé de gente que mire el bienestar de mis amigos, porque voy a ser su amigo, ya nunca les fastidiaré  las fiestas". Y miraba a su fiel perro, era ya el único que le seguía a todas partes, mientras se hacía estas promesas.

Recordó que uno de ellos, una marisavidilla, tenía el propósito de empezar el nuevo año declarando prohibido fumar la pipa de la paz, alegando que era por el bien de la gente y quiso compensar de alguna forma tanto desaguisado. 


Se acercó al pueblo, a una hora en la que podía pasar desapercibido. El frío y la subida de la luz para calentar las casas hacía que la gente se metiese pronto bajo el calor de las mantas en sus camas. Llegó hasta una tienda de disfraces y allí estaba, en un rincón del escaparate un traje de rey mago pasaba casi desapercibido entre disfraces de magos, duendes y princesas. Se caló el gorro hasta las cejas, subió el cuello de su abrigo y entrando en la tienda, solicitó del vendedor el disfraz necesario para llevar a cabo su idea.

 


Impaciente por ver cómo le sentaba se lo puso al llegar a casa y mirándose al espejo, algo se le movió dentro del pecho, una sensación desconocida pero que le impulsaba hacia la gente. Se acercó a su caja fuerte y cogiendo varias cosas muy valiosas, llenó unas alforjas, se montó en el burro y mirando al cielo busco la estrella que conduciría a los tres magos para unirse a ellos en el camino.

Pero el Grinch siempre llega tarde, debe ser por su talante, y buscando aquella estrella que solucionase la gran cantidad de tonterías que había cometido, se extravió. Buscó una y otra vez el camino y dando vueltas, regresaba al punto de partida. En su desesperación  se hizo la firme promesa de aprender inglés, sin conseguir encontrar la senda que le conduciría a ser de nuevo el jefe de los Grinch.

Pero ésa es otra historia, que aquí les dejo en el enlace por  si tienen curiosidad por saber algo de quien quiso acudir a adorar al niño y se perdió.

 


Comentarios
Fer escarpin25@hotmail.com
miércoles 12 de enero de 2011 a las 02:35 horas
Qué bonito Paula, me gusta mucho tu forma de narrar ésta historia que tiene que ver mucho con la realidad del momento en el que estamos viviendo. un saludo
Mayte
martes 4 de enero de 2011 a las 13:44 horas
Zapatero no está verde, sino colorado de vergüenza. O debería estarlo, al menos.
alberto
martes 4 de enero de 2011 a las 10:31 horas
¿Es ZP el Grinch? Bien visto e hilado, lo cierto es que lo clava como gafe de España.
[1-3]

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