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PEDRO P. HINOJOS
En aquellos tiempos de Spectrums, discos Floppy, procesadores Wordstar y lenguaje Cobol, en manos de los más privilegiados; y de salones recreativos donde se fulminaban naves a mamporros sobre botones y palancas, entre un pelotón de mirones; la llegada de Tron se convirtió en un impacto. Poco importaba que fuera con casi tres años de retraso de su estreno en la capital más cercana y en mitad de una ruidosa sesión matinal del único cine del pueblo. La posibilidad de la existencia de un mundo de colores y horizontes eléctricos, aunque sucediera en la fantasía desenfocada de una pantalla grande repleta de costurones, y con olivares y un sol justiciero esperando fuera, fue todo un descubrimiento para la chavalería. Y quien más quien menos, aunque no lo confesara en el interminable cinefórum que se prolongó durante muchos días después, ya se veía de mayor en una vida de programador informático, desdoblado en jinete de motos de luz cabalgando en un mundo de líneas infinitas donde todo era posible.
El sueño de aquel futuro en cuadrícula se fue desvaneciendo más rápido de lo previsto, con el mismo parpadeo fosforescente que nos deslumbró en el desvencijado cine del pueblo. Hasta que hace unos días el bombardeo de los estrenos semanales lo resucitó con la llegada de una especie de secuela titulada Tron: Legacy. Pero ni el lujo aparatoso que permiten ahora las tecnologías audiovisuales, ni atractivos secundarios (o primarios) como ver en acción a la bellísima Olivia Wilde, más el paso y el peso de los años; son capaces de engendrar una ilusión futurista como la que ofreció aquel primer Tron hace un cuarto de siglo. No es solo que tenemos empachada la imaginación con tantas imágenes; es que cualquier futuro pasado fue muchísimo mejor.
Por lo pronto, entonces teníamos cines en la esquina desconchada y ahora hay que buscarlos a varios kilómetros y sin perderse por pasillos cuadriculados y llenos de luces en interminables megacentros comerciales. |