Hay un requisito indispensable para ganarse un cierto derecho y un ápice de autoridad en la legítima discusión crítica, incluso furibunda, sobre el modelo de gestión de los derechos de autor; sobre la evidente resistencia de la industria cultural a adaptarse a los tiempos y a los consumidores; sobre la indudable existencia de intereses espurios en un mundo y un sector sometido a tiranías monopolísticas e internacionales; sobre la dudosa imposición de un canon preventivo en los soportes digitales y, en fin, sobre la inevitable costra de hipocresía, política, dinero, nepotismo, cambalache, elitismo, negocio o corporativismo que recubre a la siempre noble creación.
Ese requisito es aceptar la propiedad ajena, su derecho a ponerle un precio y nuestra obligación de comprenderlo y asumirlo, aunque sea para rechazarlo. Sin excepciones, sin atajos, sin asaltos: la alternativa a no pagar por un disco, un libro o una película demasiado caros es no oírlo, no leerlo y no verlo, con la seguridad de que esa actitud terminará por modificar el precio, el servicio, la forma de venta y de distribución.
Las taras precedentes, algunas de ellas indignantes, otras cercanas al fraude y alguna más simplemente suicida sí dan, además de para ignorar el producto; para apostar por quienes lo ofrezcan voluntariamente de otra manera (este artículo es un ejemplo: gratis, sin restricciones y además interactivo) o, los más gallardos, para encabezar cívicamente una reforma utilizando las sagradas herramientas que ofrece una democracia sana, ora como agente político, ora como operador del mercado, ora como poderoso consumidor.
Pero no dan para convertir en derecho el gratis total, no dan para boicotear webs ajenas con clandestinidad fascista de controlador aéreo; no dan para arrogarse la representación del pueblo por dominar el Twitter y sentirse Pontífice de una nueva religión cibernética que transforma en plenipotenciario pope a cualquier personaje con un número de seguidores apreciable pero infinitamente inferior cualitativa y cuantitativamente al del más modesto partido con presencia institucional.
Una cosa es que Wikileaks se comporte como una maravillosa fuente de información reservada que sólo gana credibilidad cuando se transforma en un producto firmado en periódicos identificables y otra, bien distinta, que se sientan incluidos en su espíritu contestatario cuatro pelagatos, cuatro frikis o cuatro reverendos Jones convencidos de que son una mezcla de Julian Assange y Lisbeth Salander cuando en realidad apenas son pastores engolados de un rebaño ágrafo al que, ellos sí, sacan mucha pasta.

La media sonrisa orca, característica de sus pírricas victorias: ni ellos existirían de no garantizarse la propiedad de su autor, pero aún así combaten
Junto a la conciencia de la propia muerte, lo que más define la condición humana es su capacidad de crear, en la misma medida que la defensa de la propiedad distingue las democracias de las dictaduras. Sólo la condición virtual de los productos culturales les distingue de una casa, de un jamón o de un jersey que no se pueden descargar por ADSL ni compartir en un servidor colectivo o una web pirata: ese ese matiz el que obliga a crear complejas leyes que resuelvan tecnológica y jurídicamente lo que con otros productos materiales solventa el sentido común: tal vez la Ley Sinde no era la mejor ni la única manera, pero era ahora la única visible para tratar de frenar ese sinsentido jurídico que tolera el incontestable atraco en la red convirtiéndolo en un inexistente intercambio entre dos personas y convierte a los incultos asaltadores en heroicos luchadores por la ‘cultura libre’.
A nadie se le ocurre entrar en una carnicería y llevarse una pieza de Jabugo, ni siquiera aunque su precio sea objetivamente un abuso. Nadie, tampoco, se cree con derecho a invadir domicilio ajeno porque lo tenga hecho una leonera, no explote el potencial botánico de los balcones o simplemente viva solo y lo necesite menos que una familia numerosa de parados.
Pero algunos se creen con derecho hasta a presumir de bajarse gratis la última de los Coen a los diez minutos de su estreno, obviando que nunca se hubiera rodado de no haber contado con una expectativa de ingresos determinada. Y es aquí donde terminamos en el quid de la cuestión: frente a quienes ven en la propiedad del autor una infumable defensa de su voracidad económica, aunque luego bien se cuiden ellos mismos de cobrar por lo que hacen, lo que intenta defenderse en la subsistencia de la propia creación.
No habrá nunca otra película como El Señor de los Anillos, ni otro libro como el Leviatán de Paul Auster, ni otro disco como el Days like this de Van Morrison si sus autores, sus mecenas y sus exhibidores no cobran por ello: el precio justo siempre lo fija el mercado, y lo aprovechan mejor los pioneros e innovadores que todos aquellos que siguen pensando que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero allá ellos.
Esto que estamos viendo, más que una descarga ilegal, es una vomitona infame de quinceañero resacoso, consentido y sin embargo triunfante en su ceguera alcohólica: gracias al endémico tancredismo del PSOE, patético y cobarde para variar con una ministra injustamente abandonada; al cinismo ventajista del PP, que prefiere comprar la mentira sobre el imposible cierre de cualquier web a defender el derecho a la propiedad como haría un buen partido liberal; al libertarismo párvulo de una IU que se cree Robin Hood y en realidad es Sir Reynold Pomfret; lo malos y los tontos han pasado por buenos y listos.
Toda una radiografía del momento social de confusión, infravalores y primacía del lerdo tutelado. Sólo les falta Belén Esteban capitaneando el ejército en el Abismo de Helm. Huelga decir que, aunque no lo saben y se sientan Frodo, ellos son los orcos.
Viva Mordor.
Posdata. Es de justicia dar algunos nombres. A algunos les conozco, a otros les leo, y en todos suele darse esa mezcla espléndida de talento y conocimientos. El tal Enrique Dans, especialmente, tiene un trago. Se ha debido creer algo así como el protagonista de V de Vendetta o de Matrix Insólito, pero también inadmisible eso de erigirse en la voz del pueblo sin el pueblo. Seguro que además le es muy rentable, mientras haya rebaño que se lo crea.
Apéndice a 27 de diciembre. Como alguno sigue diciendo por ahí barbaridades y mentiras para justificar el injustificable derecho al pirateo, aquí tienen el enlace a la Ley Sinde. Es un tocho notable, busquen en la página 91 para leer directamente la información. Yo extraigo un párrafo para los más perezosos que demuestra que nunca se intentó cerrar políticamente una web cualquiera sin autorización judicial:
“2. Corresponderá a los Juzgados Centrales de lo Contencioso-administrativo autorizar, mediante auto, la ejecución de los actos adoptados por la Sección Segunda de la Comisión de Propiedad Intelectual para que se interrumpa la prestación de servicios de la sociedad de la información o para que se retiren contenidos que vulneren la propiedad intelectual, en aplicación de la Ley 34/2002, de 11 de julio, de Servicios de la Sociedad de la Información y de Comercio Electrónico”.
Sería más oportuno preguntarle al señor Dans si gana algo sosteniendo una mentira para incentivar la piratería en sus seguidores. Un indicio: su empresa unipersonal, que no crea trabajo, facturó 100.000 euros el año pasado por disertar sobre estas cosas. Es un adelanto, lo miraremos con más calma.
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