Cervantes anda suelto por Alcalá
por José Manuel Lucía Megías

MIÉRCOLES 22 DE DICIEMBRE DE 2010 A LAS 20:14 HORAS
Opinión > Cultura
 
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En septiembre de 1580, Miguel de Cervantes Saavedra vuelve a pisar tierras españolas después de haber pasado cinco años, cinco interminables años en el cautiverio de Argel. Vuelve con las esperanzas de una vida tranquila, junto a su familia, y sus sueños de ver recompensados sus esfuerzos militares en la Batalla de Lepanto (recuérdese “la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos") y en los años de cautiverio. Vuelve con la ilusión de reencontrarse con su familia, con su hermana Andrea, con ese Madrid que es un hervidero de noticias contradictorias en un imperio en que no se pone el sol ni tampoco dejan de salirle problemas y enemigos.

Vuelve Miguel de Cervantes conociendo el verdadero valor de la palabra ‘libertad’, como lo escribirá en su Quijote, en una de las frases más célebres y certeras que nacieron de la pluma genial de nuestro escritor: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos".

Y con estas imágenes, con estos sueños, ilusiones y esperanzas comienza la obra de teatro En qué se le haga merced escrita y dirigida por Ernesto Filardi, y que este fin de semana se ha representado en el teatro La Galera, gracias a una iniciativa del Museo Casa Natal de Cervantes, dentro de su ciclo Teatro de Navidad. Y los que hemos estado allí lo sabemos: Cervantes se ha paseado por Alcalá las noches del 18 y 19 de diciembre, y lo ha hecho con la voz certera de Ernesto, la voz que es capaz de recitar los versos clásicos con el tono y el deje de una conversación cotidiana, haciendo de la lengua un lugar de encuentro, de la poesía un territorio común, en que el presente y el pasado se dan la mano, mirando sonrientes al futuro.

Y junto a Ernesto Filardi, a este alter-ego del propio Cervantes, una espléndida Iria Márquez, que es capaz de ser la voz de la experiencia y de la realidad cuando se convierte en Andrea, la hermana del escritor, o que nos hace reír a carcajadas cuando, por encima de sus enormes gafas, repite aquello de “Consejo de Indias, Departamento de Solicitudes para América", en una imagen que siendo de ayer tanto se parece a la de hoy en día. Espléndida Iria como Marcela, que alza su voz y su grito de libertad por encima de nuestras cabezas como un nuevo incendio de ideas.

“Yo nací libre…", y nada más es necesario. Nunca he visto una Marcela más real, más de carne y hueso, más en su papel de heroína que se alza por encima de los montes para dar la réplica al suicidio de Grisóstomo, una reivindicación de esa libertad que, como bien supo entender Luis Rosales en su libro clásico, es un leiv-motiv de la obra de un hombre al que no le dejaron ser muy libre ni su tiempo ni sus circunstancias, de ahí que se vengara en el mundo de ficción de su literatura. En fin, una Iria espléndia, que hace creíbles todos los papeles, que muestra un abanico de registros sorprendente, tocando a lo largo de la obra lo cómico y lo trágico, lo cotidiano y lo sublime, como esa escena magnífica de la Numancia, que sobrecoge el corazón.

Ernesto Filardi ha conseguido con la obra En qué se le haga merced devolvernos a un Cervantes humano, un Cervantes que es capaz, como así lo tuvo que hacer en vida, sobreponerse a todos los infortunios que le tocó vivir. Y en la obra, que se enmarca en esa vuelta a tierras españolas después del cautiverio de Argel y el comienzo de la escritura de Don Quijote de la Mancha, en una imagen en el escenario que consigue rescatar algunas de las iconografías quijotescas más reconocidas y aplaudidas a lo largo de los siglos como es la de Gustave Doré, vamos viendo cómo las esperanzas de una vida mejor con que Cervantes llena su corazón y su ilusión se van cayendo, una a una, a sus pies; y de su mano, cómo las ilusiones de un imperio se van desquebrajando una a una. Comienza la obra con el recuerdo de una batalla, la de Lepanto, que Andrea consigue minimizar a su realidad política cuando le descubre a su hermano que los enemigos de ayer, los turcos, ahora son los aliados de los venecianos, y que el propio Felipe II ha firmado acuerdos de paz con ellos, dado que ahora su preocupación se encuentra en otra geografía: Portugal.

Y con este comienzo heroico –aunque solo sea en el recuerdo y en los sueños de Cervantes– pasamos a una empresa, en que Cervantes tendrá que participar sin mucho honor y gloria, como es la Armada Invencible, cuyo nombre es imagen de la decadencia de un imperio en que, recuérdese, nunca se ponía el sol. Armada invencible que nunca llegará a su destino, ya que será destruida no por los ingleses sino por la propia naturaleza (la certera del mar y la estúpida de los capitanes que sabían más de pasillos palaciegos que de llevar barcos a buen puerto).

Termina la obra de Ernesto Filardi con el mismo texto con que me gusta comenzar al hablar de la biografía de Cervantes: la aprobación firmada por Márquez Torres al inicio de la segunda parte del Quijote, y que quizás (y más que quizás), fuera redactado por el propio Cervantes. En él, unos embajadores franceses piden a su interlocutor español que les hable de Miguel de Cervantes, de quien en Francia se hacen todo tipo de elogios, no sólo por su Don Quijote sino también por su novela pastoril La Galatea (de la que se llega a decir que algunos de los embajadores franceses se sabe casi de memoria).

Y ante las preguntas sobre su edad, profesión, cantidad y calidad, responde con un lacónico: “Halléme obligado a decir que era viejo, soldado, hidalgo y pobre". Y ante esta respuesta uno de los embajadores, sorprendido, pregunta: “¿Pues a tal hombre no le tiene España muy rico y sustentado del erario público?". Y antes que pudiera contestar el licenciado, con respuesta harto difícil de hallar, otro de los embajadores se adelantó y dijo, con mucha agudeza, como se indica en el propio texto: “Si necesidad le ha de obligar a escribir, plega a Dios que nunca tenga abundancia, para que con sus obras, siendo él pobre, haga rico a todo el mundo".

Y ricos, muy ricos, nos sigue haciendo Cervantes con el paso del tiempo. Ricos cuando leemos y releemos sus textos, en los que siempre uno se sorprende por una frase, por una enseñanza, por un quiebro ingenioso o por una ruptura de todas las normas narrativas (de esa narrativa que nace de sus propia falta de normas). Pero ricos también porque nos da la oportunidad de seguir volviendo a su vida y a su obra, que es la de aquel siglo conocido como de oro, y que es también la de nuestro tiempo, que más bien puede ser de hierro o de metal menos noble y duradero.

Sorprende la modernidad de muchas de sus ideas, de cómo son reflejo de nuestra realidad actualidad (¡qué poco hemos cambiado desde entonces!), y en la obra es difícil distinguir lo que pertenece a la pluma genial de Cervantes y qué a la no menos genial pluma de Ernesto Filardi. Ricos, en fin, por haber tenido la oportunidad de haber vuelto a ver a Cervantes en Alcalá de Henares, en su tierra, en la figura de un magnífico director y actor (y mejor escritor) como es Ernesto Filardi, acompañado de Iria Márquez, magnífica en todos sus registros.

Solo espero que esta visita, alentada y auspiciada por el Museo Casa Natal de Cervantes y la Subidirección General de Museos de la Comunidad de Madrid, sea la primera de muchas más, y que muchos más alcalaínos puedan disfrutarla en el Festival de Teatro Clásico o en la programación de los diferentes teatros de nuestra ciudad. Miguel de Cervantes se lo merece y En qué se le haga merced mucho más.


Comentarios
Angeles Egido egidogil@hotmail.com
jueves 23 de diciembre de 2010 a las 00:47 horas
Fui a encontrarme con Cervantes a La Galera y le vi muy triste, muy triste y defraudado. Teatro del bueno, muy bien escrito y muy bien representado. ¡Enhorabuena!.
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