La crisis económica está poniendo de manifiesto las debilidades de la Unión Europea. A lo largo de sus cincuenta y tres años de existencia sus más señalados artífices siempre se han ufanado de haber encontrado el camino perfecto de construcción eludiendo los temas conflictivos y avanzando por una vía de mínimos. Este proceder ha implicado desde el tratado de Maastricht (1992) una disparidad creciente entre objetivos, siempre muy ambiciosos, y los medios puestos en práctica para conseguirlos. Por ello, la política en la Unión Europea se parece cada vez más a una representación teatral: en el escenario, una escenificación divertida o dramática según toca, pero en la realidad vital de los actores y de los espectadores, nada tiene que ver con los papeles que todos representan dentro de la sala. Y tras la función, todos se van a jugar a la ruleta.
En los últimos meses, las manifestaciones financieras y monetarias de la crisis económica son un buen ejemplo de esa disparidad. El euro es una divisa fuerte con relación a otras monedas de gran significación en el mercado mundial, el dólar y el yuan, sobretodo porque Alemania tiene una economía competitiva y, por tanto, exportadora. Con un euro altamente apreciado los alemanes de rentas altas y trabajos seguros, como otros europeos de las mismas características, se benefician de unos precios estables que, en parte, son una consecuencia de la alta capacidad de compra del euro en relación a las demás monedas. Pero no hay que olvidar que el euro tendría un valor mucho más alto si sólo estuvieran en la eurozona economías como la alemana y se habría terminado así hace tiempo la generación de puestos de trabajo en la misma Alemania. Dadas las actuales circunstancias se habrían hundido sus exportaciones, como ocurre en los llamados países PIIGS (Portugal, Irlanda, Italia, Grecia y España) menos eficientes, menos competitivos y, por tanto, con un comercio exterior hecho unos zorros.
No nos ha de extrañar por tanto que Merkel juegue, dentro de la UE, a exigir una política austera y a amenazar veladamente con la expulsión de los débiles, pero que no obstante de cara al exterior, como en la cumbre del G-20 en Seúl (12-13 Nov. 2010) se queje del mantenimiento del yuan bajo y de la devaluación del dólar. Esto último lo hace como un canto al sol, porque sabe que ni Estados Unidos ni China están en condiciones de regalar puestos de trabajo a Europa. Sabe bien que, “caeteris paribus” (manteniéndose las cosas igual) la firme e independiente depreciación de la divisa americana, con el objetivo expreso de la Reserva Federal de crear puestos de trabajo, se manifestaría en pérdida de los mismos en Alemania.
Pero le consta que las cosas no se mantendrán inalterables gracias a que hay una “"Europa débil”, ineficiente, endeudada, que tira constantemente del euro hacia abajo. Luego, en cierto modo la debilidad de los PIIGS es, en las circunstancias actuales, una garantía de puestos de trabajo en Alemania y la imposición al “independiente Banco Central Europeo" de una política de estabilidad (tipos de interés más elevados que los de la Reserva Federal norteamericana) una compensación que garantiza las rentas alemanas, por ahora. Nosotros, los PIIGS, no tenemos salvación: si nos saliéramos del euro, como algunos ya plantean, no tendríamos quien nos prestara para ir pagando poco a poco las enormes deudas contraídas cuando nos creímos ricos. Entraríamos en una espiral de ajuste incontrolado a la baja similar al de Argentina en los 80 y sólo podríamos confiar en que volviera a surgir en alguna parte del planeta una “progresía” como aquella que pedía constantemente, ¿recuerdan? el perdón de la deuda a los PIIGS de la segunda mitad del siglo XX: los que llamábamos “tercer mundo”. Lo cual, como entonces, no tendría mucho éxito, por supuesto.
Por tanto, en la actual situación estamos en la Eurozona en una situación de vasos comunicantes en la que el ahorro alemán, en forma de “Fondo Europeo de Rescate" vendrá hacia los PIIGS pero no creará puestos de trabajo, sólo nos permitirá no fenecer y no hacer más daño al euro. Y, eso sí, si no nos volvemos a desmadrar y ponemos orden en nuestra casa, ganando menos y trabajando más, tal vez tendremos un futuro nuevamente aceptable en el nuevo orden económico que saldrá después de esta crisis. Pero, lo dicho, en el corto plazo sólo nos queda “sangre sudor y lágrimas" sin tan siquiera el consuelo de los norteamericanos que, por lo que decía en un artículo anterior, tienen la capacidad de tirar por la calle de en medio depreciando su moneda.
El que esta situación de vasos comunicantes con dificultades de retorno, no se pueda arreglar en el corto espacio de tiempo en el que se desenvuelven los asuntos de economía financiera, es una de las consecuencias de esa contradicción que apuntaba al principio: haber avanzado en la unidad monetaria sin haberlo hecho al mismo tiempo en la unión política. Con toda seguridad la ratificación de la Eurozona debió en su día vincularse a la ratificación de la “non nata" constitución europea, pero ya no sirve de nada lamentarse. En un país, los saldos de las transacciones entre los habitantes del mismo, estén donde estén en su territorio, se consideran asunto de economía privada. No hay deudas privadas con calificación de “nacionales" ni deudas “soberanas" de unos sujetos llamados estados porque, sencillamente, no se calculan. El saldo real acumulado de las mismas en partes de su territorio no dan lugar a espectáculos de rescate, garantías, etc. de “países" porque se sobreentiende que es natural que diariamente se salden esos flujos con transferencias de propiedad a favor de los acreedores, estén en la plaza que estén.
Los desequilibrios mantenidos en el largo plazo se manifiestan en las comprensibles y aceptadas como inevitables “disparidades regionales" y, en última instancia, todo se salda con los desplazamientos de población dentro del territorio aunque, eso sí, haya sitios como en España en que forme parte del paisaje el molesto zumbido de las falacias identitarias.
La Eurozona es un ámbito en el que siempre existe la “expectativa de derecho", de queja, de exigencia y de satisfacción nacionalista (la verdadera religión-opio del pueblo) frente a un sujeto, real (los Estados) en las deudas soberanas, o simbólico (los “irlandeses", los “polacos", los “alemanes", “los españoles"….) Y eso abre una ruleta más de apuestas para los que tengan dinero para ello (los “mercados") tanto más atractivas cuanto más fuertes sean esas expectativas. Así, gran parte del diferencial de los bonos de los PIIGS es el reflejo de la desconfianza en los políticos y en sus objetivos, particulares, de no perder unas elecciones en sus feudos, como se puso de manifiesto cuando los propios inversores alemanes apostaban contra Grecia (es decir, exigían más para prestar) en la medida en que Merkel temía con ello perder votos en sus particulares elecciones y recientemente cuando también exigían más mientras el gobierno irlandés se resistía a reconocer la situación de sus país, por las mismas razones. Bien sabía la representante de los que van a prestar, Angela Merkel, que cuanto más tardaran en reconocerlo mayores garantías habría de poner Alemania sobre la mesa para salvar los muebles, es decir, la ruleta. No sé si ésta es la Europa en la que dice creer Felipe González (Mi idea de Europa. RBA. 2010) pero esto es lo que, para nuestra desgracia, hay.
*Catedrático de Historia Económica UAH En University of California jose.morilla@uah.es
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