Durante el año anterior a la Segunda Guerra del Golfo (2003) el departamento contra la proliferación de armas nucleares de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) tuvo que investigar cuál era el estado del programa de armamento nuclear puesto en marcha en los años ochenta del siglo pasado por el régimen baazista del tirano sanguinario Saddam Hussein, dado que la posesión de armas de destrucción masiva era el casus belli que su gobierno quería esgrimir para justificar la invasión de Iraq ante el escepticismo de la mayoría de la comunidad internacional y de la opinión pública mundial. Una de las incriminaciones más graves era la posible compra en Níger de 500 kilos de óxido de uranio, susceptibles de ser transformados en plutonio. Valerie Plame, agente encubierta de ese departamento de la CIA, estaba casada con Joseph Wilson, ex embajador de los Estados Unidos, que se prestó a desplazarse a Níger para averiguar, gracias a sus contactos, qué había de verdad en ello. Su informe descartó completamente la posibilidad de esa venta, pero meses después el gobierno de los EE. UU. informó a la prensa justo de lo contrario. Ante la tergiversación interesada y una vez finalizadas las operaciones de conquista, Wilson escribió un artículo (Lo que no encontré en África) para el New York Times en el que contaba la verdad. Ocho días después, el 14 de julio de 2003, como represalia, una fuente gubernamental filtró a la prensa el nombre y la ocupación de la esposa de Wilson. Ahora se ha estrenado la versión cinematográfica de estos hechos con el título de Caza a la espía.
Con guión de los británicos Jez y John-Herny Butterworth, dirige Doug Liman (El caso Bourne, Sr. y Sra. Smith), que equilibra en su presentación las facetas laboral y familiar de la vida de los Wilson. Plame y sus colegas no son pistoleros inmortales con habilidades acrobáticas dentro y fuera del dormitorio, sino profesionales que analizan en jornadas laborales interminables información obtenida de todas las fuentes posibles; que chantajean a un criminal para que colabore con la Agencia; que se esfuerzan en infiltrar en Iraq con ayuda de los servicios secretos jordanos a la hermana de nacionalidad estadounidense de un físico nuclear iraquí. A la vez, crían y educan a sus hijos y tratan de mantener relaciones sociales. Pero a partir de su exposición pública cambia por completo su forma de vida (despido de Plame, amenazas telefónicas, insultos por la calle) y en consecuencia su relación de pareja se deteriora. Como a veces sí que existen segundas oportunidades en el sueño americano, han superado sus problemas y han escrito cada uno un libro sobre la experiencia.
A pesar de que la historia es real, y bien conocida por los aficionados a leer las páginas de la sección de Internacional de la prensa, Caza a la espía se sigue con interés en sus dos vertientes de intriga internacional y de drama matrimonial. Se llega a dudar de si el desenlace será el mismo que se recuerda. Queda bien claro que la CIA no titubea a la hora de hacer control de daños, eufemismo para hacer desaparecer, por acción u omisión, a los contactos de la agente quemada y que hasta un gobierno elegido en las urnas es capaz de destruir a sus propios ciudadanos por la visión más pedestre de la razón de estado.
Contribuyen a dar credibilidad a la película las interpretaciones de Sean Penn (Atrapado por su pasado, Pena de muerte, Mystic River) como Wilson y, muy en especial, la de Naomi Watts (Promesas del Este, Madres e hijas) como Plame, que está perfecta en el doble rol de espía eficiente y esposa enfadada y que es muy diferente de sus sufridos papeles habituales.
(Dos) Grados de separación.
1. En estos días de resaca por la madre de todas las filtraciones es de utilidad pública recordar que por el caso Plame Lewis 'Scooter' Libby, Jefe de Gabinete del Vicepresidente de los EE. UU., Dick Cheney, fue condenado en 2007 a treinta meses de prisión y 250.000 $ de multa por perjurio, obstrucción a la justicia y falso testimonio. En menos de un mes el Presidente Bush conmutó la pena de prisión. Por lo visto el abuso de poder y las mentiras sistemáticas no suponían una amenaza para la comunidad internacional.
2. Desde la entrada anterior han fallecido por orden de desaparición: el 27 de noviembre, a los ochenta y siete años Irvin Kershner, director estadounidense de cine y televisión y especialista en segundas partes (La venganza de un hombre llamado caballo, Robocop 2 y El imperio contraataca, un emblema generacional). El 28, a los ochenta y cuatro Leslie Nielsen, actor canadiense que protagonizó el clásico de ciencia-ficción Planeta prohibido (1956), basado en parte en La tempestad; hizo de villano en el divertido western Furia en el valle (1958); participó en todas las series televisivas de los sesenta y setenta y alcanzó la fama y el estrellato ya bien cumplidos los cincuenta tras su aparición en Aterriza como puedas (1980), película seminal que, además de ayudar a enterrar durante un tiempo el género de catástrofes, lanzó las carreras de sus directores Z-A-Z (David Zucker, Jim Abrahams y Jerry Zucker), especialistas en parodias que encadenan sin tregua gags surrealistas nada refinados, pero que en ocasiones alcanzan la perfección audiovisual. Y por último, el día 29, a los noventa y cinco Mario Monicelli, director italiano de obras magníficas como Rufufú (I soliti ignoti), versión a la italiana de 1958 de la francesa Rififí (1955) de Jules Dassin; La Gran Guerra (1959), sobre dos soldados italianos en la Primera Guerra Mundial; y Camaradas (I compagni), historia de una huelga a principios del siglo XX en Turín, rodada en 1963.
El año 2010 está siendo tan letal para el mundo del cine que casi habría que hacer un apartado fijo de necrológicas [con un nombre teatral: Telón, Salidas de escena; cinematográfico: Fundido a negro, Fuera de campo; o mitómano: La última sesión, Bye-Bye Mein Lieber Herr (und Dame). Se admiten sugerencias]. |