La verdad es el único patriotismo exigible
por La Editora

JUEVES 25 DE NOVIEMBRE DE 2010 A LAS 10:12 HORAS
Opinión > Política
 
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El sistema financiero no tiene alma, ni virtudes o defectos humanos, simplemente existe y funciona desde una lógica aplastante: busca las mayores ganancias con el menor riesgo y trata de evitar las pérdidas o incluso de aprovecharse de las de los demás.


En ese sentido, resulta ridículo o al menos estéril apelar a sentimientos tan etéreos como la credibilidad, la confianza o el consenso para evitar que España pueda seguir los pasos de Irlanda o Grecia: nos guste o no -y no nos guste- es una mera cuestión de solvencia. La española no está tan deteriorada como la irlandesa o la portuguesa, pero aparece a continuación junto a la italiana, antes de todas las demás: las diferencias con Alemania o Inglaterra son abismales, pero no lo suficiente como para que hasta estos dos países respiren aliviados. Tanto por sus problemas domésticos cuanto por los efectos de las penurias foráneas, simbolizadas en  una frase tan tranquilizadora como a la vez inquietante:  España es lo suficientemente grande como para que no la dejen caer; pero también demasiado grande como para salvarla sin crear estragos colectivos: la caída de la Bolsa, las brutales condiciones de préstamos y el parón de una economía en recesión, dibujan un panorama desolador sin antídotos al alcance de manera urgente.


Es un asunto político, pero no termina en las responsabilidades políticas vigentes: ojalá todo dependiera de echar en las urnas a un presidente torpe e irresponsable, pero desgraciadamente no es así. Esto excede del PSOE y sobrepasa a España, aunque las causas   y los efectos locales son evidentes.


Y por eso hay que apelar como nunca al patriotismo, pero no al de saldo, coyuntural, que pide el Gobierno, sino a uno más elevado y decisivo: decir de una vez toda la verdad a los ciudadanos, exponer los peligros y amenazas que nos acechan y detallar sin ambages las medidas quirúrgicas, impopulares o dolorosas que hay que adoptar.


En Irlanda no se hizo nada de esto, y el desenlace ha sido terrible: un Gobierno en la cuneta y un país en bancarrota. Repetir porque que no es el caso de España no es un un ejercicio de amor a los colores, sino una demostración de negligencia peligrosa. El patriotismo de verdad, el que hace falta más allá de colores e intereses electorales, empieza por algo tan elemental como decir la verdad y nada más que la verdad y actuar pensando, como pedía Churchill, en la siguiente generación y no en la próxima cita con las urnas.


El temor externo e interno no es, pues, una consecuencia de la falta de aprecio a un Gobierno, sino de la ausencia de un mensaje decidido y de una política enérgica, sincera, honesta y creíble.


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