Que el Día de la Hispanidad sea una tortura para el presidente de España lo dice todo, aunque no faltará quien justifique la paradoja apelando a la carcundia, como si todo aquel que osara criticar al líder socialista fuera necesariamente un facha. El caso es que Zapatero sufre un calvario cada 12 de octubre desde que hace unos años permaneciera sentado ante la bandera americana en una polémica decisión que él mismo negó y explicó en repetidas ocasiones sin demasiado éxito: hasta quienes se oponían a la absurda guerra en Irak, prima hermana de la no menos absurda en Afganistán, vieron en ello un torpe gesto que la Casa Blanca ha estado reprobando durante seis años con presidentes de todos los colores. El desfile de este año no ha sido una excepción, aunque es dududo que los pitos y abucheos tengan que ver con otra cosa que no sea la crisis: despejadas las cuitas internacionales, y a punto de sellar la amistad con Obama, no parece que las protestas tengan que ver con la alta política y sí con la brutal plaga de paro y recesión que padecemos, el doble de intensa que la de cualquier país civilizado del entorno.
No obstante, el bueno de Zapatero no está solo, y prueba de ello es el ¿inesperado? apoyo que recibió en plena Castellana nada más recibir los abucheos. La escena transcurrió en un corrillo en el que estaban, compartidiendo comentarios sobre la climatología, el propio presidente, el alcalde de Madrid, la presidenta regional y la ministra de Defensa. Fue allí cuando Gallardón se puso de lado del presidente, lo que es hasta comprensible, pero además contra los ciudadanos que le abuchearon, con un comentario en voz baja que sin embargo se escuchó fenomenal: "Hoy no es el día", vino a decir el regidor, que además justificó el capotazo con un argumento rimbombante: "Si fuera un acto del partido, pero es de Estado". En adelante, es de esperar que sólo vayan a acontecimientos de este tipo los politólogos de carrera, mucho más atentos a los matices institucionales que esos aguerridos ciudadanos capaces de chiflar al poderoso de turno desde la valla/jaula instalada para la ocasión.
Lo más curioso fue el silencio de Aguirre, en plan "me muerdo la lengua", lo que no le libró del comentario mordaz de Zapatero a cuento de la visita a Obama que hará hoy mismo: "Pero si tú apoyaste a McCain", le espetó a la presidenta, que tampoco dudo en al réplica: "Lo hice y lo volvería a hacer". Más allá de estos chascarrillos, la miga del Desfile estuvo otro lado y atendía a algo mucho más importante: España se quiere ir de Afganistán, pero no sabe cómo ni cuándo. Y mientras, para que nadie se enfade, enviará 200 soldados más.
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