La guerra de Irak no era sólo mala porque anduviera metido en ella Aznar, en posado azorí junto a ese no menos preclaro Barroso al que la izquierda presunta tanto aúpa y medallea; ni tampoco lo era por carecer del amparo de la ONU, esa organización que es a la paz lo que el COI al olimpismo: nadería rimbombante para calmar conciencias facilonas. No arregló nada de lo que estaba mal, y le añadió nuevos problemas, entre los cuales la extensión del yihadismo y el exterminio de civiles son vergüenzas ya incuestionables.
A Afganistán le pasa lo mismo: se inició con Bush y sin ONU, aunque la prensa ligera y la memoria piscícola ha obrado el milagro de hacerlo pasar por una especie de Woodstock del humanitarismo humanitario y humanizado. En su caso, no es bueno porque lo respalden el PSOE u Obama, ni tampoco por disponer del amparo algo menos tardío pero igualmente sobrevenido de las Naciones Unidas y del plácet del Parlamento español. Eso lo hace más legal, pero en términos morales, políticos, humanos y prácticos no lo convierte en mejor ni en más digno.
Con las guerras, la política internacional y el Ejército, en España se ha jugado en los últimos diez años como el tipo nuevo que llega del pueblo y, para hacerse querer, invita a una ronda a todos los paisanos. Se olvidan los principios y se opta por esa mezcla siempre indecorosa que componen el marketing de consumo interno y la táctica de vuelo corto: al final, los mismos que denunciaban con razón la improcedencia de Irak se pasan ahora el día echando perfume al hedor de Afganistán, en la creencia no desmentida por los hechos de que el gentío morderá el anzuelo sin problema.
La verdad es distinta, sin hipocresías ni apelaciones a lo políticamente correcto: más allá de aspectos formales de valor cero cuando hay muertos a mansalva en las calles y del objetivo beneficio cínico que constituye concentrar terroristas en un punto remoto del planeta; en Irak y Afganistán se perpetra la misma fechoría, se somete a la población a un martirio doble y se perpetúa un efecto en cadena que promete lo peor para mucho tiempo. Lo diga Agamenón con su bigote, o el porquero con sus cejas.
Posdata. No será el último, pero es de los primeros de Madrid: el Ayuntamiento de Alcalá ya ha anunciado que un tercio de su plantilla estará de baja, seguro, por la Gripe A. Se desconoce si la inaudita invitación municipal incluye cena-baile con barra libre o si quedará en un asueto consentido a cargo de la casa. El ingenio para disfrutar de la crisis no conoce límites en la Administración.
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