Gabo se confiesa en el Paraninfo
por Uno de la Redacción

MIÉRCOLES 27 DE OCTUBRE DE 2010 A LAS 09:39 HORAS
Opinión > Cultura
 
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PEDRO P. HINOJOS
A finales de esta semana se romperá al fin el silencio editorial que mantenía Gabriel García Márquez desde su menor pero gozosa Memoria de mis putas tristes de hace más de un lustro. Yo no vengo a decir un discurso es el título del libro, una recopilación de parlamentos y discursos escritos por el de Aracataca a lo largo de toda su vida. Pequeños tesoros, todos ellos, de los que el autor de El coronel no tiene quien le escriba reniega con afectada resignación; una carga, la de la oratoria escrita, que, según asegura, tuvo que acarrear con la misma paciencia que sobrelleva la escritura: “A la fuerza".

El título que ha elegido para el volumen ya lo dice todo. Además se corresponde con el arranque de las primeras palabras que pronunció en público: el discurso de despedida a sus compañeros de liceo, a los 17 años. Vienen luego otras 21 peroratas pronunciadas en ocasiones más o menos cruciales de su carrera: congresos, homenajes, asambleas, distinciones… Pero faltará el discurso de su imposible Premio Cervantes. Se perdió toda esperanza hace tres años, cuando su agente, la poderosa Mamá grande Carmen Balcells, bramó “¡Déjenle en paz!" en el patio de Filósofos de la Cisneriana, en el cóctel tras la entrega del Cervantes al poeta Antonio Gamoneda.

Agobiada por una nube de buscadores de fortuna literaria, que le colaban sus tarjetas entre canapés, bebidas y cumplidos sin fin, un incauto le preguntó por qué no convencía a su protegido para que aceptara el Cervantes. “Ha dicho mil veces que no lo quiere", protestó desde su silla de ruedas, mientras apartaba manos que le ofrecían zumos, vinos y tacos de tortilla. Y no hubo más. Sin alternar desde hace meses, alejado de toda vida literaria, cargando con la vejez y sus males, a García Márquez ya solo se le puede imaginar en la cátedra del Paraninfo, como él fantaseó un día que “podía meter a un fauno en un autobús" y quedarse tan ancho, leyendo lo que escribía un tal Kafka de un tal Samsa. Y de su boca, escucharle alguna confesión, como aquella que hizo ante los reyes de Suecia, vestido con guayabera, hace 28 años: “En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte".


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