Escribía Edgar Allan Poe en su cuento El entierro prematuro que "Ser enterrado vivo es, fuera de toda discusión, el más terrible de los extremos que jamás haya caído en suerte al simple mortal." Pero por las notas de la hojita promocional-informativa que dan en el cine parece que el director Rodrigo Cortés a la hora de encarar la realización de su largometraje Enterrado no ha tenido tanto presentes las ensoñaciones catalépticas del autor de La caída de la casa Usher y de Berenice como dos desafíos técnicos y narrativos destacables rodados por Alfred Hitchcock: Náufragos (1944), una de propaganda bélica que transcurre en su totalidad en el supuesto bote salvavidas de un barco torpedeado por un submarino alemán, y La soga (1948), un drama criminal sobre lo inmoral que es confundir el asesinato con un pasatiempo, que parece filmado en un único plano, en realidad interrumpido por la necesidad de recargar con celuloide la cámara.
En Enterrado Cortés y el guionista Chris Sparling se imponen como límites estrictos las tres unidades del teatro (acción, tiempo y lugar) pues la historia acontece prácticamente en tiempo real durante la hora y media en la que el protagonista Paul Conroy (Ryan Reynolds) trata de obtener ayuda para salir del ataúd en el que despierta, con un móvil y un zippo, después de un ataque en Iraq al convoy en el que conducía un camión como civil contratado por una empresa privada. Pero Enterrado (una producción española, dicho sea de paso) no se queda en un mero ejercicio de estilo ni en una simple explotación de la angustia de la claustrofobia y logra mantener el interés del espectador, a pesar de tener un único decorado sin puntos de interés visual y a pesar de contar sólo con un actor y las voces de unos pocos más, gracias a la muy buena gradación del uso del teléfono móvil como único medio de contacto con el mundo exterior. Cada llamada le provoca a Conroy más frustración que la anterior, algo reconocible para cualquiera que haya tenido que dar avisos de averías, o pedir hora para algún servicio. Casi al final se llega al momento supremo: el diálogo con el representante de su empresa que le informa de que la conversación está siendo grabada. Esos tratamientos, cada vez más frecuentes en la vida cotidiana, tan absolutamente despersonalizados, deberían asustarnos más que un confinamiento en circunstancias tan extremas. Queda la duda de si acaso no tendrían mayor fuerza las secuencias tensas (animales y vídeos, por no entrar en detalle) si en lugar de con la obvia música a todo volumen sucedieran en silencio.
Grados de separación. Además de los dos conocidos episodios de C.S.I. dirigidos por Quentin Tarantino en los que el equipo de científicos-policías de Las Vegas tenía que encontrar a uno de sus colegas atrapado bajo tierra, existe otro antecedente que merece ser recordado: el sorpresivo y cruel telefilme La última fuga (versión en blanco y negro de 1964 y en color de 1985) de la serie La hora de Alfred Hitchcock. [El texto de hoy debería haber sido el episodio de la semana pasada de Desenfocado, pero el recuerdo a Manuel Alexandre se acabó convirtiendo en una columna entera por lo que los Grados iniciales quedaban más marcianos de lo habitual, si bien "de rigurosa actualidad" para ese día.] |