ALONSO GUERRERO Todo político es un hombre acomplejado. Ahora, el complejo generacional de que en España nadie ha sabido nunca inglés lleva a los políticos de Madrid a convertirse en Garibaldis lingüísticos. Nuestros niños deben saber inglés, que es una lengua de vuvuzela, quieran o no. La ESO se ha mostrado incapaz de sacar de la ignorancia a una inmensa mayoría de alumnos, y dudo que sentenciarlos a ser ignorantes en dos lenguas vaya a mejorar el informe PISA.
Llevamos años criticando la inmersión lingüística en Cataluña, pero ahora la Consejería de Educación de Madrid la pone en práctica en nuestros centros de enseñanza. Los niños no saben hablar castellano, pero eso no importa, porque el inglés basta con chapurrearlo. No hay razones para invertir en que los niños comprendan un texto, tengan sentido crítico y puedan ser competitivos en su propia lengua. Es mejor invertir en que sepan que el movimiento de la tierra alrededor del sol no se llama traslación, sino revolution.
La fiebre se ha adueñado de los que toman las decisiones, y el grado de bilingüismo se va imponiendo y ampliando en los institutos sin que la comunidad educativa tenga voz ni voto. Si en nuestras aulas nadie pone tildes, lo mejor será hablar en un idioma que no las necesita. Con esta inmersión, vamos a seguir sin saber quién fue Philip The Second, pero al menos podremos tener un sastre rico.
Nadie duda de las bondades de aprender inglés, de saludar a las estrellas, como decía Cansinos-Asséns, en catorce lenguas diferentes, pero temo que recibir el conocimiento en una lengua vehicular ajena y desconocida no va a mejorar lo que los alumnos saben del Dj Shakespeare. El riesgo es demasiado alto para dejarse llevar por las iluminaciones de unos cuantos simios políticos, aunque sean los simios de Informe para una academia. A los que no tenemos un sastre rico, hablar como George Clooney delante de las máquinas de café nos parece muy bien, siempre que no tengamos que explicar a Ortega diciendo: What else?
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