Don Juan en el siglo XXI
por Antonio R. Naranjo

VIERNES 22 DE OCTUBRE DE 2010 A LAS 14:58 HORAS
Opinión > Política
 
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Ahora que se acerca el atracón de muerte, amor y misterio que representa el Tenorio, resulta casi imposible no encontrar una coincidencia psicológica entre el burlador arrogante y atormentado y el presidente del Gobierno: ambos camuflan su inseguridad con una irracional y aparatosa búsqueda del reconocimiento ajeno; los dos ansían el éxito futuro como forma de tapar el fracaso pretérito; en los dos manda el impulso sobre el raciocinio y la seducción sobre el compromiso y, en fin, hasta resulta tentador encontrar una similitud en la manera de tratar a las mujeres.

 

¿O acaso no hay alguna coincidencia entre el idilio inicial con De la Vega o Bibiana Aído y su cruel defenestración posterior y la infinita habilidad del amante bandido para encamarse con toda hembra al alcance y arrojarla al río con desidia una vez consumados sus insaciables instintos?


Que Don Juan acabe siendo víctima de su patología, pues enfermo es quien padece esa bulimia emocional tan típica del poliédrico Romanticismo (el cuadro de Delacroix La muerte de Sardanápalo resume como nada esa mezcla de clasicismo y exotismo; de muerte y de pasión), fue más la manera de hacer justicia divina en aquella España de monoteísmo católico y penitente que el modo de rematar bien una obra que hoy tendría otro final.

 

 

 

No deja de ser un juego, tal vez hasta frívolo en un momento de zozobra que exige más análisis concienzudos que divertidos sainetes, pero al igual que en la frívola y mal rimada ‘La Venganza de Don Mendo’ se hacía una fotografía precisa de la España de la época; en la imposible transmutación de Zapatero en Don Juan tal vez se encuentre una explicación a lo que nos pasa.


Y, por extensión, una leve aproximación al retrato robot del dirigente político por antonomasia, sea en La Moncloa, en la Comunidad autónoma de cabecera o en el Ayuntamiento de referencia. Si a todos ellos les vestimos de galán superficial y sin escrúpulos, empezamos a encontrar un parecido que, sea justo o no, forma parte del imaginario colectivo: encontrar hoy a un ciudadano convencido de la calidad y capacidad de sus políticos es más complicado que señalar a un solo español que no sepa quién es Belén Esteban y casi tan complicado como otro que, sabiéndolo, no reparta su reacción ante la Princesa entre la risotada y la náusea.

 

Si además les reconocemos su deseo de victoria por encima de cualquier cosa, la conexión empieza a engrasarse. Y si, finalmente, convenimos que en ambos casos los medios subordinan a los fines, los encantos a los argumentos, la propaganda a la comunicación y la espalda a la pluma, la síntesis no parece ya del todo complicada.

 

En este juego literario, para ser perfecto, sólo fallan dos cosas. Aquí, nuestro Tenorio, se llame Zapatero o Rajoy o Aguirre o Bartolomé González, no termina clamando al cielo ni enterrado por sus propios pecados; sino cambiando de nuevo de novicia para seguir con una juerga que al resto le regala una profunda resaca.

 

Es como si en el original de Zorrilla, el protagonista consiguiera encalomarse a la monja angelical y, tras hacerlo, ingresara en el Consejo de Estado con sueldo, coche y secretaria de por vida.


Y la segunda laguna de la metáfora es la imposible traslación de una Doña Inés redentora a una sociedad civil que, en esta función paralela, debería ser necesariamente la novicia salvadora. Viendo el percal, y buceando en la tradición española, resulta más sencillo identificarnos a todos con esa tonta del bote llamada Isabel Segura, el 50% de esos tiernos pánfilos conocidos por Los Amantes de Teruel, tonta ella y tonto él.

 

La enamorada que ve partir al chico de sus sueños a una guerra incierta con la que enriquecerse para ser digno de ella por imposición familiar y que, al regresar con los bolsillos llenos, se la encuentra casada y muere de tristeza... unas horas antes de que ella haga lo mismo al besarle a pie de tumba.

 

Pero, alto, si tiene algo de sugerente la primera parte de este artículo, ésa en la que adjudicamos al protagonista el papel de Don Juan pero cambiamos el final por uno más cínico y moderno, la muerte de la boba de Teruel no debe ir acompañada por la de su amado para que encajen todas las piezas: necesitamos que el Tenorio siga transformando España en una mercería y que, al volver de la guerra, los tiros se los hayan llevado otros.

 

Y es aquí donde el Romanticismo vuelve a entregarnos una pírrica compensación, esta vez en los pinceles y no es las estilográficas: el cuadro de Delacroix muestra el suicidio del rey, nada beligerante y muy cultivado para que no todo sea trasladable, al ser acosado por las hordas del rey de Babilonia, convencido de que conspiraba contra él y ponía en riesgo la salud del imperio.


Hasta en la muerte de Sardanápalo se percibe la antítesis entre el contexto dramático que le rodeaba y su placentero ritmo de vida, con ninfas voluptuosas, criados solícitos, vinos en copa de plata y caballos de pura sangre haciéndole la corte al displicente monarca.


Que antes de quemarse a sí mismo, el rey de Asiria pusiera todas sus posesiones y sus más preciados bienes materiales y personales en el centro de la hoguera, entrega una última imagen figurativa tan seductora como los versos de Don Juan. Claro que como todo esto es un juego, tampoco conviene tomárselo demasiado en serio: ni siquiera aunque, cada día, veamos llamas por todos los lados.


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