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El desfile de las Fuerzas Armadas viene cada año más envuelto en polémica. Los pitidos a Zapatero han sido este año de especial dureza, y hasta la familia Real –que tan poco se moja en tantos problemas de la vida diaria– ha echado un capote al presidente. Pero además muchos han aprovechado para cargar contra el alcalde de Madrid, por los cambios en el desfile, y contra el ejército mismo, como si estuviese entre sus funciones la de desfilar sin que nadie se enterase.
Sorprende sobre todo en un momento en el que se ha querido promocionar –hasta la deformación en algunos casos– la imagen del ejército, es precisamente desde algunos sectores cuando más se le ataca.
Es verdad que la propia idea de desfile contiene un elemento un tanto anacrónico o pasado de moda. Fueron concebidos para mostrar la fuerza militar a la población y a los posibles enemigos. Pero hoy en día la fortaleza ofensiva –y la defensiva– consiste en la suma de muchas cosas que no se ven. Sin embargo, la tradición sigue ahí y el ejército trata de mantenerse en primer plano en para justificar su presupuesto pero también para atraerse a futuros integrantes que al calor de la crisis buscan un destino un poco más seguro. Una labor de imagen, al fin y al cabo, como han sido los desfiles a lo largo de toda la historia. Pero es una labor de imagen que hay que respetar y, en el caso de crítica, hay que centrarse en la labor del ejército, no en su molesta forma de reivindicarse.
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