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PEDRO P. HINOJOS
Se acaba de cumplir un año de la última pesadilla olímpica de Madrid, un tiempo que está resultando implacable para aquella corazonada. Nada hay peor para una ilusión frustrada que contemplarla desde la perspectiva del presente: la ingenuidad y el ridículo componen una mezcla difícil de digerir sin que los colores suban a la cara.
Pero en el caso del proyecto olímpico, además del sonrojo que producen las dos pedradas consecutivas del COI, existen otras huellas materiales que revelan de manera despiadada la desolación y el olvido. La grada solitaria de La Peineta que se asoma tras los cerros de la M-40 es la legaña más gorda de aquel despertar amargo y resacoso. Y a su alrededor, donde deberían haber florecido pabellones deportivos, amplias zonas verdes y viviendas de diseño para la villa olímpica que luego pasaría a ser villa social, no queda ahora más que un polvoriento páramo repleto de basura y matojos; un típico solar de extrarradio que siempre es la viva imagen de la derrota, pero en estas circunstancias todavía lo es más.
Con una estampa de esta clase, más las dudas que generó el empecinamiento institucional por gastar un dinero y un esfuerzo diplomático dignos de mejor causa; es impensable en estos momentos la recuperación de eso que se da en llamar ilusión colectiva. También ahí existe un enorme solar. Visto lo visto, y añadiéndole nuestra olvidable experiencia en la carrera por la Capital Cultural Europea en 2016, casi es mejor que estas aventuras movilicen exclusivamente a las autoridades y sus satélites en las altas esferas; que sean ellas las únicas que se entusiasmen con empresas y desafíos, con asaltos audaces a la vanguardia. Y que solo se descienda a la tierra, se saque la chequera pública y movilice al personal cuando de verdad esté todo atado y bien atado. Porque despertarse siempre cuesta mucho. Pero hacerlo además en mitad de un erial mata todas las esperanzas. |