Pugna
por Juan Antonio Moreno

JUEVES 23 DE SEPTIEMBRE DE 2010 A LAS 11:44 HORAS
Opinión > Cultura
 
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El paisaje de Joseph Mallord William Turner ocupa un lugar muy destacado en la historia del arte. Claro referente en el desarrollo posterior del impresionismo y la abstracción, su obra ha sido una pugna constante por sobresalir artísticamente de sus coetáneos.

Tras su paso por Londres y París, el Museo del Prado presenta la espléndida muestra Turner y los maestros en la que, a través de 80 piezas –la mitad del propio Turner– se propicia un diálogo entre el maestro inglés y aquellos a los que considera competencia.

El acertado enfoque elaborado por el comisario de esta versión española, Javier Barón, permite ahondar en la majestuosidad de algunas obras del artista londinense, sin duda, precursoras de importantes cambios en el devenir del arte. La exposición penetra en la personalidad retadora de un pintor que siempre rivaliza con los demás maestros de la pintura.

En las salas de la pinacoteca nacional se revela el encuentro de Turner con cuadros de insignes autores como Rembrandt, Piranesi, Veronés, Tiziano, Van de Velde, Claudio de Lorena, Girtin, Cuyp, Van der Neer, Poussin, Rubens, Van Ruisdel, De Loutherbourg, Canaletto, David Wilkie, Watteau o Constable, su enemigo irreconciliable.

Por tanto, este diálogo y, a la vez, discrepancia  engrandece aún más una antológica que desvela los genes creativos de un artista embravecido aunque no siempre acertado y propicia además, instantes de intensidad arrebatadora. La dialéctica se descubre por ejemplo,  en Muchacha en la ventana (1645) de Rembrandt con Jessica (1830);  en Barcos holandeses (1881), su respuesta a Un temporal en ciernes (1672) de Van de Velde;  en Paisaje con Moisés salvado de las aguas (1639) de Claudio de Lorena y su réplica con Cruzando el arroyo (1815) o, finalmente, en La casa blanca de Chelsea (1800), excelente acuarela de su amigo Thomas Girtin que le inspira Cascos de barcos en el Tamar, crepúsculo (1811-1813).

Turner (1755-1851), de origen humilde, supo otorgar a su inventiva un halo poético inusual. Nadie como él impregnó  con tanto protagonismo  a la naturaleza. Creador de una atmósfera propia, ese pulso combativo le permitió avanzar por una ruta muy especial en la que brillan con esplendor la imaginación y la luminosidad de sus composiciones.

Ahora esta brillante exposición, sin duda una de las más importantes de la temporada, que finaliza con Paz-Sepelio en el mar (1842), bello homenaje de nuestro artista a David Wilkie, hace posible un conocimiento más detallado sobre las obsesiones de un pintor que figura con letras de oro en el panteón de los grandes maestros de la pintura.


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