La casa se ha llenado de maletas a medio abrir (o a medio cerrar), de regalos encima de la cama, que esperan con paciencia ser asignados a un pariente o a un amigo, en el desorden de las listas nunca guardadas y de los impulsos consumistas en el Mercado de San Ángel o en la Ciudadela, de ropa sin planchar en el salón y de ropa sin lavar en la terraza.
Llegará un día en que los libros comprados y los regalados tengan la fortuna de ocupar un espacio en las estanterías (ahora se conforman con mantener un frágil equilibrio en el sofá del estudio) y que los certificados y las direcciones se conviertan en algo mas que en un abanico de papeles sueltos encima de la mesa, compitiendo por el mismo espacio que la correspondencia atrasada y los avisos de recogida de paquetes en correos.
Así, más o menos, podría describirse el campo asolado de una casa después de unas vacaciones, en que el cuerpo intenta abandonar los espacios extranjeros para acomodarse a la geografia cotidiana de los encuentros, de los lugares comunes, de la búsqueda del coche en las aceras y de la esperanza de que todo siga igual, más o menos igual, que como lo dejamos antes de empaquetar las ilusiones y llenar las maletas de sueños, de proyectos, de visitas programadas y de guías de viaje que volvieron tan inmaculadas como se fueron.
Más o menos, el ritual de la vuelta de repite, con pocos cambios, verano tras verano, esperando que esta vez sea más fácil perder esos kilos de más y recuperar esas sonrisas de menos, aunque el teléfono nos incita a seguir rememorando las tortitas del mercado de Coyoacán, la banderita con Herradura reposado o el famoso chile en nogada, la comida de época patriótica que este año ha añadido un nuevo engrediente: el estupor y la apatía de las celebraciones del bicentenario.
Todo igual. O todo casi igual. Tan sólo uno de los ritos de las vacaciones se ha ido transformando en nuestras manos en los últimos años, casi sin darnos cuenta. Frente a la voluminosa carga de los carretes fotográficos, que intentábamos organizar y clasificar antes de llevar a la tienda, ahora nos hemos llenado de tarjetas de memoria y de imágenes que se multiplican en la pantalla del ordenador.
Recuerdo con cierta nostalgia el ansia de llegar lo antes posible a la tienda de fotos en la calle Libreros, dejar allí mis carretes y anotar, con una cierta angustia, los días que debía esperar hasta ver los carretes revelados; y luego, llegado el momento, ir abriendo cada uno de los sobres de fotos y comprobar si las imágenes ahora recuperadas se correspondían con los deseos detrás de la cámara, ir sonriendo al ver algunas imágenes y lamentar el mal enfoque o la escasa luz de otras tantas, que debían contentarse con dejar huella en la placa efímera de la memoria. Y luego, comprar el álbum y decidir cómo colocar las fotos en papel, el orden según la narración que se quisiera hacer de los recuerdos de las vacaciones… y esperar, como animal hambriento, a que llegara la tarde para invitar a los amigos, o a los familiares, a tomar una cerveza y a ver las fotos… ritual que tenía algo de religioso, todos alrededor del álbum, esperando a pasar la siguiente hoja con nuevas fotos, nuevas sorpresas, nuevos comentarios y nuevas cervezas. Y como en todo ritual, se repetían, vacación tras vacación, los lugares comunes: sopesar el tamaño del álbum para comprobar la paciencia que debíamos tener, intentar que los comentarios fueran a buen ritmo y que no se detuvieran en cada imagen más de unos segundos, alabar algunas tomas y algunos ángulos, para así justificar la enorme inversión económica realizada (en la mayoría de los casos, innecesaria)… y no intentar igualar el número de cervezas con el de las fotografías, llenas, en muchos casos, de gestos, de personas, de recuerdos que solo a quien las tomó y las compartió podía interesar.
Pero hoy en día, este ritual se ha transformado por otro, igualmente angustioso, si se quiere. La angustia de la sorpresa ya se ha perdido. Ese no saber si la foto tomada con tanto esmero y tanto deseo iba a salir bien o mal, se ha sustituido por ese continuo comprobar si la imagen que aparece en el minúsculo visor se corresponde con la deseada, con la tomada unos segundos antes.
Y así, cuando uno llega de las vacaciones, no trae en la bolsa un conjunto de sorpresas, en ocasiones, tomadas con detalle y precaución (a fin de cuenta, el revelado no era ningún precio irrisorio), sino con miles y miles de fotos, tomadas, en muchas ocasiones, sin ton ni son (como no cuesta nada…), en que parece que hemos querido captar la realidad fotografía a fotografía para luego montar la película completa de las vacaciones; fotografías que luego tenemos que elegir –elección siempre difícil– para poder enseñar sin agotar la paciencia y la amistad… y frente a aquel álbum que se convertía en piedra rosetta de nuestras vacaciones, ahora la pantalla de la televisión o del ordenador se convierte en el despositario de nuestros recuerdos fotográficos… y sí, es cierto, nos hemos ahorrado un buen dinero (a no ser que queramos mantener la costumbre de pasar al papel la imagen digital, para así poder preservar nuestras costumbres y hábitos de otros tiempos), pero también hemos perdido mucho del ritual con que se daba el cierre definitivo a las vacaciones, ese reunirse alrededor del un álbum de fotos para rememorar y volver a vivir esos momentos que, sabemos, no volverán hasta dentro de unos meses… eso sí, en este paso del mundo analógico al digital lo importante es no perder la costumbre de las cervecitas o del tequila reposado, que también está bien alternar viejas costumbres con nuevos hábitos. |