
PEDRO P. HINOJOS
Una mañana del verano del Mundial 82 llegó al pueblo, como todos los veranos, Juan el de Alemania junto a un rubicundo acompañante con bigote de herradura en un enorme Volkswagen. Desde hacía muchos años, más de los que podíamos recordar los chavales de la calle, Juan trabajaba en una fábrica cerca de Francfort.
Y cada vez que estallaba el calor aparecía con camisas, bermudas y chanclas extrañas repartiendo felicidad con chucherías a los críos y rondas de vino a los mayores en las tascas. Aquel verano, sin embargo, fue diferente.
Traía mala cara, un brazo en cabestrillo y se encerró en casa nada más cumplir con el saludo a todo el vecindario. Y también estaba el alemán. Juan lo presentó como un compañero de trabajo al que había invitado a pasar las vacaciones en el pueblo. Se llamaba Dieter pero en el pueblo se le conoció de inmediato como El Dite. Hablaba bien nuestro idioma y se alojó en una pensión. Sus vacaciones parecían de lo más aburridas. La mayor parte del tiempo estaba en casa de Juan. Comía en los bares y daba vueltas sin parar por las calles. Una tarde, mientras echábamos una pachanga en la cancha del colegio, se acercó y se puso a jugar con nosotros. A pesar de su corpachón, tenía cuidado de no lastimarnos ni de pegar pelotazos.
Pasamos un buen rato y el resto de las tardes iba la cancha y jugábamos un rato o charlábamos sobre fútbol, enardecidos como estábamos con aquel Mundial desastroso para España. El Dite nos hablaba de los equipos alemanes y de su selección. Tal era su entusiasmo germánico, que todos nos pusimos del lado de Alemania en la final ante Italia. Perdimos 3-1. Al día siguiente, en la cancha, El Dite nos dijo que los alemanes estaban acostumbrados a perder y que peor fue lo que ocurrió en el Mundial celebrado en Inglaterra donde su selección perdió por culpa de un gol fantasma. Como no sabíamos qué era eso, pasó el resto de la tarde chutando con furia al larguero para demostrar cómo el balón votó fuera y no dentro.
A los pocos días, El Dite dejó de pasar por la cancha. Tampoco se le vio por casa de Juan o por las calles. Se había esfumado con el Volkswagen. Sabe Dios dónde estará ahora. Pero seguro que el domingo se alegró al ver cómo Alemania le devolvía el gol fantasma a Inglaterra. En cuanto a Juan, murió a las pocas semanas de llegar de Alemania. Se supo entonces que sufría una enfermedad de corazón que se le detectó cuando se desvaneció en el trabajo. Por eso se rompió el brazo. Y se supo también que El Dite era un sanitario mandado por la fábrica para cumplir la última voluntad de Juan: morir en su pueblo. |