Los Príncipes no hablan de nada, a excepción del fútbol. Y los periodistas nada les preguntan, salvo de deportes, para reproducir como un ánade con micrófono las obviedades que suele suscribir un lateral derecho peludo tras ganar, perder o empatar un partido.
El rito monárquico es primo hermano del que no pocos políticos siguen en sus monólogos, antes llamados ruedas de prensa: cuando los periodistas sabían preguntar, los políticos no tenían más remedio que responder. Qué tiempos, si los hubo.

Ahora todo ha cambiado, y al espectador bobo le precede el informador pánfilo. Y a ambos el único que gana en la pérdida general: ese Príncipe, o ese alcalde, o ese ministro que coloca su mercancía sin diques de contención, o su imagen sin más. La del Heredero con su atenta esposa al lado, que un día fue periodista y hoy parece tan distinta por motivos al parecer respiratorios, es un fin en sí mismo: con estar ahí, como antes la giralda o el torero, les llega.
La del político es algo más compleja: ha de colar, junto a la nobleza de su semblante longilíneo ensayado frente al espejo, el mensaje que sea como un pescadero de Mercamadrid, sin regateos. De ahí para abajo, es lógico que casi todos -jueces, rectores, presidentes, dirigentes empresariales o sindicales- hayan desarrollado la lengua de las mariposas descrita por Manuel Rivas en su viejo relato: "Es una trompa enroscada como un resorte de reloj. Si hay una flor que la atrae, la desenrolla y la mete en el cáliz para chupar".
Esa urticaria que sentimos últimamente cuando habla casi todo el mundo, cuando anuncia algo que no se cumple o cuando niega lo que ya está ocurriendo quizá sea eso: la picadura del lepidóptero, que siempre busca capullos.
Posdata. No hay mejor manera de desarrollar la democracia que a través de los partidos y a partir de las instituciones. Pero no de cualquier manera, o a cualquier precio: para sostener esto por siempre y evitar tentaciones plebeyas, han de dar más y mejor ejemplo. Con un paro desbocado y una reforma laboral cercana al horror es legítimo preguntarse por qué ninguno de los dos fenómenos afecta a los 80.000 cargos públicos existentes en España. Ésa es la pregunta, y casi sería mejor que la respondieran los aludidos: llega un día en que al gentío sólo le sale la opción María Antonieta. |