Historia de un manifiesto
por José Manuel Lucía Megías

LUNES 21 DE JUNIO DE 2010 A LAS 12:01 HORAS
Opinión > Cultura
 
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Hay historias, hay iniciativas que se pierden en el remanso tranquilo del tiempo. Historias que se viven con pasión y entusiasmo durante semanas para luego convertirse en una nota a pie de página de cualquier estudio erudito o de alguna nota de sociedad. Historias, iniciativas que con el tiempo se van llenando de los tintes de las vaguedades y de las contradicciones. Así nos pasa en nuestra vida cotidiana. Y así debemos, en más de una ocasión, preguntar a nuestros abuelos por una fecha, por un detalle, por una anécdota.


El pasado 18 de mayo, un grupo de profesores, investigadores y bibliotecarios lanzamos un “Manifiesto a favor de una mayor autonomía e independencia de la Biblioteca Nacional de España”, que en tan solo tres semanas consiguió congregar alrededor de su texto a más de 1700 firmas, entre las que se contaban escritores de la talla de Mario Vargas Llosa, Antonio Muñoz Molina o José Luis Sampedro, académicos de la Real Academia de la Lengua y de la de Bellas Artes de San Fernando representantes de diversas instituciones, presidentes de asociaciones científicas y de hispanistas así como decenas de profesores de Universidades e Institutos de España, Argentina, México, Colombia, Perú, Venezuela,  Chile, Portugal, Francia, Bélgica, Italia, Gran Bretaña Suiza, Grecia, Polonia, Estados Unidos, Canadá y Japón, sin olvidar a centenares de hispanistas de todo el mundo y personas que aman el libro y la cultura.

El día 10 de junio, a las 10’30 horas se hizo entrega oficial a la Ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, del conjunto de las firmas, de las que nunca se ha recibido ninguna respuesta, aunque el documento (con su carpeta gris) estuvo presente en la comida que la Ministra mantuvo con la Presidenta del Patronato de la BNE (Margarita Salas) y el Presidente de la Fundación Amigos de la BNE (Pere Vicens) el día 14 de junio, horas antes de la reunión solemne del Patronato.


Este es el final de una historia, de un movimiento ciudadano que ha tomado partido en la defensa de una de las instituciones que debieran ser pilares de nuestra política cultural, pero es un final que merece una parada para poder comprender su principio, su origen y su desarrollo. El tiempo, ese “gran escultor”, a veces nos equivoca las fechas y los recuerdos. Y así, al redactar estas líneas, en más de una ocasión he de recurrir a Internet en busca de un dato concreto. ¡Ay, qué efímera que es nuestra memoria postmoderna!

           
El 30 de abril, se aprueba en el Consejo de Ministros una serie de medidas para controlar el gasto público del Estado; unas medidas que conllevan la supresión de 32 direcciones generales en todos los Ministerios. Frente a la propuesta del Ministerio de Hacienda (basada en principios de racionalidad) y, seguramente, por las luchas internas en los sillones del Consejo de Ministros, se prescinde de este primer plan y se le pide a cada Ministerio que indique cuál debe ser la Dirección General (o Direcciones Generales) que deberán desaparecer en cada uno de ellos. El Ministerio de Cultura ofrece dos posibilidades: la Dirección General de Política e Industrias Culturales y la Dirección General de la Biblioteca Nacional de España.

Desde Moncloa, se decanta por la segunda y así aparece en el documento aprobado por el Consejo de Ministros que tiene que ir al BOE a la semana siguiente. En esa semana, se le comunica a la Directora de la BNE, Milagros del Corral, la nueva situación, con las medidas que el Ministerio de Cultura piensa adoptar para que la cuantía de su contrato no se vea afectado (¿No era todo con la idea de una reducción de gastos?). Milagros del Corral anuncia que no puede aceptar el trato que se le da a la BNE (por más que se le presenten soluciones personalizadas) y que, de no cambiar su decisión el gobierno, no tendrá otro remedio que dimitir.

En esos mismos días, Margarita Salas, Presidenta del Patronato del Organismo Autónomo de la BNE, envía una carta al Presidente del Gobierno y a la Casa Real, manifestando su desacuerdo por la medida aceptada. Pero, a pesar de las buenas palabras y de que desde el Ministerio y la Presidencia se siga hablando de seguir apoyando a la BNE para que continue siendo una de las bibliotecas más importantes del mundo, el jueves 6 de mayo se sella en el BOE la supresión de la Dirección General de la BNE dentro del organigrama del Ministerio de Cultura.

Ese mismo día, como lo había anunciado, dimite Milagros del Corral como Directora de la BNE, aunque se compromete a mantenerse en el cargo hasta la llegada de su sucesor, para así no crear una situación de vacío en una de las instituciones culturales más importantes de nuestro país. El viernes 7 de mayo se le anuncia a Milagros que su dimisión ha sido aceptada y que debe abandonar el cargo el lunes 10. Y así, hasta ahora, la BNE, una institución que el próximo año cumple 300 años de existencia, se encuentra sin director.

           
Y junto a esta historia oficial, la de los despachos, la de los documentos y el BOE, de la que dieron testimonio la prensa y las televisiones, se fue creando otra historia. Una intra-historia que daría lugar al Manifiesto del 18 de mayo. El miércoles 5 de mayo, varios días después de la decisión adoptada por el Consejo de Ministros, recibo un correo de una amiga colombiana que me pregunta sobre las noticias de la posible dimisión de Milagros del Corral al frente de la BNE. Esa misma mañana, me entero de la noticia leyendo todo lo que aparece en Internet, e, indignado por lo leído y por lo que suponía de ruptura de un gran trabajo de modernización que se había llevado a cabo en los últimos años, entré en facebook, y ante mi sopresa, nadie había dado cuenta de lo que pasaba en nuestra institución. En ese momento, creé el grupo “En apoyo a la Biblioteca nacional de España” (http://www.facebook.com/group.php?gid=123725077643623), que en tan solo unos días llegó a los 1000 miembros (en la actualidad, cuenta con casi 3000).

Al mismo tiempo, el editor Francisco Javier Jiménez, llevado por esta misma sensación de rabia e impotencia, creó otro grupo: “Solidaridad con la Biblioteca Nacional de España”. Día a día (y casi diría, minuto a minuto) se fueron apuntando cientos de personas que querían expresar su apoyo a la Biblioteca Nacional de España, a una institución que debería estar al margen de estos vaivenes políticos, de la decisión arbitraria de un responsable del gobierno y de la falta de sensibilidad a la labor que está realizando como conservadora y difusora de nuestro patrimonio bibliográfico y de nuestra Memoria Escrita.


El Estatuto de 2009 que convierte a la BNE en Organismo Autónomo se ha demostrado insuficiente para poder dar respuesta a los grandes retos que la BNE tiene que afrontar en los próximos años (como el resto de las grandes bibliotecas del mundo, con la digitalización patrimonial a la cabeza, labor que nunca debería desarrollarse en el ámbito de ninguna institución política o ministerial).

Por eso es necesario dar un paso adelante, como propusimos en el Manifiesto del 18 de mayo firmado por más de 1700 personas: concederle a la BNE la misma independencia de gestión y de recursos como poseen otras instituciones culturales, como el Museo del Prado. Y esta idea (por otro lado, de pura lógica) no tiene otra función que la de fortalecer a la Biblioteca Nacional de España, que no es otra cosa, que fortalecer nuestra cultura y nuestro patrimonio. Y esta idea ya ha sido acogida con entusiasmo por el propio presidente del Gobierno.

Ahora solo es necesario un poco de tiempo (y  de voluntad política) para convertirla en una realidad, y que la Biblioteca Nacional de España, en el 2011, cuando cumpla sus trescientos años, posea el estatus jurídico y administrativo que se merece como Entidad Autónoma, para poder seguir prestando un servicio público, razón por la que fue fundada por el rey Felipe V. Y de ahí su nombre inicial de 1711: Real Biblioteca Pública.


Comentarios
Marina Jimenez Piano
martes 22 de junio de 2010 a las 15:35 horas
Estoy absolutamente de acuerdo con la petición de indepencia para la Biblioteca Nacional, he trabajado durante 32 años en ella y tengo claro que muchos de sus males proceden de la falta de independencia profesional. Muchas gracias a todos los que lo habéis visto tan claro como yo y de manera especial a José Manuel. Un abrazo a todos, hasta la victoria
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