A nadie se le escapa que el presidente del Gobierno sólo se lleva bien con los ministros de Economía que no lo son ni lo quieren ser: esto es, con Miguel Sebastián. Ni Solbes entre los que lo fue ni Jordi Sevilla entre los que pudo serlo aparecen precisamente entre los afectos más cercanos del jefe del Ejecutivo, y ese camino parece llevar la mismísima Elena Salgado.
Porque le llega a El Topo el distanciamiento entre la ministra y su jefe, en Fase 1: es decir, frialdad y malentendidos, pero no mal rollito. La una no entiende que se diga una cosa en Bruselas y otra en Madrid, tan distintas que parecen antagónicas; y al otro empieza a pesarle que su ministra haga estupendos análisis técnicos pero carezca del olfato político que a su juicio la situación merece.
Y hablando de situaciones, cada día parece más clara la de Carlos Berzosa, el peculiar rector de la Universidad Complutense, a quien se le acaba el ciclo: ni aunque quisiera, podría seguir en lo mismo, pues los estatutos internos de la UCM limitan a dos mandatos la permanencia en el cargo. Se sabe que habla y asesora a Tomás Gómez, que le tiene por una de las cabezas pensantes de confianza; y se sabe también que el líder socialista busca número dos, tras las -entre comillas- calabazas del jefe regional de UGT, José Ricardo Martínez, cuyos planes van otros derroteros.
La ecuación de primer grado es elemental, y a nadie debería sorprenderle ver a Berzosa en alguna lista, autonómica o municipal, el año que viene: Gabilondo, en este terreno, ha marcado una impronta que en realidad viene de largo. Ahí tienen a dos políticos que fueron rectores, si es que acaso hay mucha diferencia real entre ambos cargos: porque Virgilio Zapatero y Gregorio Peces Barba, uno en Alcalá y el otro en Getafe, ya demostraron que universidad y partido pueden ser dos vasos comunicantes.
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