Recientemente Stephen Hawking volvió a ocupar espacio en prensa y medios de comunicación. En este caso no se debía al lanzamiento de un nuevo libro de divulgación astrofísica, campo que le ha reportado notables éxitos de público en el pasado, ni a la publicación de sorprendentes conclusiones acerca de la mecánica de los agujeros negros, una materia de estudio donde también ha logrado importantes avances y reconocimientos científicos. Hawking especulaba con un posible encuentro con civilizaciones extraterrestres, o más exactamente con la idea de que fueran ellos quienes nos descubrieran a nosotros. Su mensaje es claro: un encuentro de esta magnitud sería “perjudicial”. “Si nos visitaran, los resultados serían como cuando Colón llegó a América, algo que no salió bien para los nativos americanos”, es la lectura que hace del asunto.
Pero invirtamos los términos de la ecuación. ¿Y si fuéramos nosotros quienes emuláramos a Cristóbal Colón y nos embarcásemos con nuestras naves por el hiperespacio a la conquista de nuevos mundos? Lejos de las implicaciones filosóficas, políticas o sociales que este acontecimiento pudiera provocar, existe una laguna técnica que a menudo pasa desapercibida: ¿seríamos capaces de sobrevivir con éxito al aterrizaje en otros cuerpos del universo? Aquí el cine y la literatura de ciencia ficción muestra una imagen que dista mucho de la realidad.
Aparcar la nave y salir a darse un paseo por el planeta de turno parece una actividad de lo más común en las películas de este género. En algunas de ellas, incluso basta una simple botella de oxígeno para aventurarse en los nuevos mundos, obviando los peligros de la presión, la radiación o la gravedad del planeta en cuestión. Sin embargo, éstos no son los únicos inconvenientes con que se encontraría una hipotética misión de exploración hacia otros sistemas.
Dejando de lado el tema de la mayestática empresa que supone organizar un viaje a un planeta lejano, una vez llegados allí nos podríamos encontrar con la siguiente situación: no podemos levantarnos de la cama. Nuestro cuerpo está perfectamente habituado a un ambiente en el que la fuerza de gravedad es de 9,8 m/s2. Pero, ¿y si llegamos a un planeta más grande, con una masa mucho mayor que el nuestro y, por tanto, con una gravedad más intensa? No hay que marcharse muy lejos para hacerse con una idea aproximada de lo que supone un cambio brusco de hábitat gravitacional. En Júpiter, por ejemplo, una persona que pesara 80 kilos en la Tierra, vería multiplicada su masa por 2,5; esto es, daría en la báscula 200 kilos. Algo tan simple como levantar un vaso de la mesa o incluso alzar los brazos para ponerse un jersey se tornaría en una actividad cansada. Y viceversa. Hospedarse en un planeta cuya fuerza de gravedad fuera menor que la de la Tierra obligaría a un esforzado intento por adaptarse a nuevas rutinas, algo que en las películas de ciencia ficción no parece importar. En Saturno 3, Kirk Douglas convive junto a Farrah Fawcett en una de las lunas de Saturno, sin especificar en cuál de ellas. Incluso tratándose de Titán, la mayor de ellas, sería imposible que ambos pudieran darse sesiones de footing como lo hacen en el filme, ya que la gravedad superficial de este satélite es siete veces inferior a la de la Tierra.
Más complicado podría resultar darse un festín de huevos fritos en un planeta distinto a La Tierra. Encender un fuego o incluso hinchar un globo para una fiesta de cumpleaños podría suponer todo un reto a consecuencia de la presión atmosférica. En la Luna, donde no hay atmósfera, los astronautas notan cómo sus trajes se hinchan a consecuencia, precisamente, de la diferencia de presión con respecto a La Tierra. Al no tener que soportar el peso del aire sobre sus cuerpos, éstos experimentan una sensación nueva. Y a la hora de encender un fuego, la falta o exceso de presión y la ausencia de oxígeno constituyen grandes obstáculos.
La temperatura, gravedad y presión atmosférica son sólo algunos de los impedimentos que se obvian en numerosas aventuras de ciencia ficción que recrean la vida en otros planetas. Pero hay más, desde la ausencia de una atmósfera respirable hasta la presencia de agua. Sin embargo, puede que el mayor reto de todos no sea encontrar un mundo donde poder darse un paseo, sino uno en el que se pueda aterrizar. Desde que en 1995 se descubriera el primer planeta extrasolar, en los últimos trece años se han catalogado cerca de 300. Pero la gran mayoría de ellos son, como sucede en nuestro Sistema Solar con Júpiter o Saturno, de naturaleza gaseosa. Pese a que en nuestra barriada, de los ocho planetas que la componen la mitad tiene una superficie rocosa, más allá de los dominios del Sol parece que lo que imperan son los gigantescos mundos de gas. Con un panorama así, preocuparse por qué tiempo hará en ellos es una cuestión menor.
Nota: Artículo elaborado a partir de otro escrito por el mismo autor en la revista Espacio en junio de 2008. |