ALONSO GUERRERO Cuando quiero enterarme de qué ocurre en la calle, en la política, en los despachos, en las tinieblas de los ministerios y en las almas de los que gobiernan, leo la Ilíada. Las ambiciones de los poderosos, y la debilidad de todas las víctimas de la historia mantienen intacto su paralelismo con lo ocurrido a las puertas de Troya, hace tres mil años. No hemos evolucionado, no hemos mejorado. Seguimos viviendo como si fuéramos piezas movidas por manos que no vemos. Igual que entonces, la multitud es un share que lo contempla todo desde las murallas. En realidad, las desgracias son la comida de esas fieras que piden catarsis. El miedo y el deseo, esas opciones a las que uno no puede optar, son los que mandan. Sin embargo, como decía Mandelshtam, la vida es una fábula sin héroe. Aquiles y Héctor son ahora dos monosabios que embridan las mulas galeanas del esperpento español. En eso se asemejan a Rajoy y Zapatero. Podrían ser simples dolientes de un entierro, pero más bien parecen recogepelotas de un partido con jueces de pista comprados y rayas emborronadas, para que nadie sepa quién gana. La grandeza es políticamente incorrecta, y escenas como la de Príamo, adentrándose en el campamento enemigo para pedir al hombre que más odia el cadáver de su hijo, tendría más cabida en El hormiguero que en el silencio de los que admiran a distancia ese gesto de sacrificio. Por lo demás, todo se repite sin pena ni gloria, no como un eco, sino como un plagio: guapas que cambian de manos, populismos con recámara de políticos que utilizan pasiones ajenas, y las mentiras de siempre, grandes como un caballo que entra en cada casa a través de la televisión, pregonadas por los mismos augures y presagiadas por las mismas Casandras. La contienda es la misma, pero los protagonistas encargan comida en el chino y montan, para vender, el apagón analógico. Al parecer, es lo que pide el pueblo. El voto nunca se pierde, igual que el boleto del guardarropa. Y cualquier atrocidad es impune, como en la guerra.
|