Un amplio programa de homenajes jalonaron la jornada de ayer en memoria de las víctimas de los atentados del 11 de marzo de 2004, la peor masacre terrorista de la historia de Europa. Alcalá se sumó, como ya es tradicional, a estos actos de recuerdo con la declaración institucional junto al monumento de la Estación y un recordatorio especial de supervivientes y víctimas con una vigilia y un viaje en tren a primera hora de la mañana. Más allá de la controversia política, aplacada en los últimos meses tras la celebración del juicio que llevó a la cárcel a los autores del magnicidio; y de las teorías conspirativas que aún siguen circulando; días como el de ayer sirven, ante todo, para reclamar las acciones sociales e institucionales que convierten aquella hecatombe en un crisol de enseñanzas y de valores para el futuro.
Pasados seis años del horror, es el momento de volver a poner las cosas en su sitio y de recomponer el honor, la memoria y la solidaridad sin fisuras con las víctimas y con sus seres queridos, sometidos a una tortura extra por la división que han encontrado ante su drama. Ha llegado la hora de rescatar ese consenso y de enterrar el enfrentamiento para que el dolor se compense con lo mínino, un calor real y efectivo en dos direcciones: el primero, sin duda, para cubrir las necesidades de toda índole que todavía a estas alturas tienen y sienten los damnificados en cuestión de atención médicas, psicológica, social y laboral. Y el segundo, para demostrarles que su martirio tiene al menos una consecuencia positiva en clave de aprendizaje colectivo y de discurso político.
Respecto a esto último, existe mucho por hacer y hay muchos modelos que seguir en el mundo. Pero tampoco hay que irse lejos. El ‘Archivo del Duelo’ que ha creado el CSIC con los objetos y mensajes que en los días y semanas siguientes se depositaron en las estaciones de Cercanías es una fuente de inspiración ideal, pues en esos testimonios anónimos y espontáneos se condensan los mejores sentimientos e impulsos. La educación para la paz en los colegios, las terapias psicológicas, los reconocimientos cívicos o incluso la creación artística son terrenos en los que se puede sembrar el dolor que generó la tragedia para recoger los mejores frutos. Es lo menos que se puede hacer por la memoria de las víctimas y es también lo máximo a lo que puede aspirar una sociedad como la nuestra, tan necesitada de referentes de unidad. Ojalá en el futuro podamos ir contando muchos avances en ese camino. |