ALONSO GUERRERO
Acaba de divulgarse un dato que sería escalofriante, si pudiéramos interpretarlo: el número de suicidas supera ya al de muertos en carretera. Como este no es un país de terremotos, los suicidas son el primer colectivo candidato a entrar en el Libro Guinnes de los Récords. Es el lobby que cuela a más gente en el otro mundo, con el menor número de explicaciones. La psicología y toda su nomenclatura están para que nada se sepa de los motivos que peor prensa darían a los que aún estamos en disposición de rozar la felicidad, si viéramos todos los días los culebrones de sobremesa y compráramos los libros de Paulo Coelho.
Nuestras maravillosas coberturas sociales están dispuestas para que seamos felices y comamos perdices. Sin embargo, la gente se suicida, a pesar de lo desconcertante que resulta marcharse, dejando la llave de casa metida en la pecera. El siglo XX fue el siglo de los suicidios forzosos, como el de Benjamin o el de La Rochelle, y el XXI va a ser el de los suicidios elegidos por descarte. Suicidarse va a resultar lo menos malo, como la democracia. No hay nada más interesante que hacer o, al menos, nada que pueda librar a tanta gente de la extrema fatiga que padece. El suicidio, como el primer amor, es lo más involuntario que tenemos a mano.
Sobre un tema tan espinoso, las únicas estadísticas son numéricas. Las causas no van a engrosar ningún dossier, así que cada año los suicidas se dan de baja en el padrón municipal, en los censos de votantes, que son otros colectivos que tampoco dan, ni sospecho que tienen, ninguna explicación sobre lo que hacen. Igual que los suicidas románticos, encabezados por Chatterton y el pobre Werther, el suicida moderno ha alcanzado, por fin, el aburrimiento supremo. Ya no hace falta que una mujer nos diga que no. Ahora sólo necesitamos que nos lo diga el espejo, el extracto bancario, la trayectoria de nuestro equipo o cualquiera de esas débiles estrellitas que alumbran nuestras vidas hasta que llega la nómina. |