Habla el Rey, que lo es también de las generalidades y las obviedades, mientras retiran al yerno caído del Museo de Cera, trasladado en una carretilla como Anibal Lecter en 'El Silencio de los corderos'.
La apelación vaga al consenso y la minimanifestación de los sindicatos por la maxijubilación de los currantes son las dos pruebas de toque de la estrategia del momento: diluir la responsabilidad al máximo para alcanzar un consenso de mínimos. Don Juan Carlos nunca tiene nada que decir, y en ese viaje se resume la grandeza y a la vez la irrelevancia de la Corona, pero todo el mundo sabe que cuando dice algo lo hace por indicación del Ejecutivo de turno: desmochada la teoría de la conspiración, pueril en su intento de presentar como una excepción especulativa lo que es vieja norma del dinero, toca ahora repartir la carga del error previo pese a haber hecho lo imposible por hacer el viaje en solitario.

Da algo de entrañable lástima escuchar otro discurso navideño casi en marzo desde una institución que, ante envites similares sobre la concepción territorial, anímica, lingüística, económica, educativa o social de España, se limitaba a "cesar temporalmente" su actividad, aprovechando al parecer el comunicado redactado para la ya divorciada infanta; pero como la otra opción es aún peor -un Rey operativo y autónomo, tocado por la historia y bautizado en azul sangre-, convendremos en que simplemente no hay que tener en cuenta demasiado lo que diga: si no habla de nada, malo; si habla de algo, peor; y si habla pero no dice nada, simplemente produce indiferencia. Don Juan Carlos sólo hace el trabajo que le reclama el patrón, en fin, y eso dice tanto bueno de su respeto a las normas como malo de su discurso, tan adaptable como la cera a moldear en un rincón o en otro del museo que es la vida.
Posdata. No menos lamentable que la estampa del Rey, que sólo aspira a serlo termine España en Logroño o comience en Casablanca, haciendo de becario de Zapatero es la de los tribunales persiguiendo a Garzón por perseguir a Franco. Como en este país todo funciona al revés, y estamos rodeados de alguaciles sin alguacilar, queda aún otra estampa impagable: la de Aznar, a estas alturas y con estos yernos, dando lecciones de lo que hay que hacer sin que nadie le pregunte, antes de nada, por lo que él hizo.
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