Según el escritor francés Jean Giraudoux: "Un equipo de rugby consta de 15 jugadores: ocho son fuertes y activos; dos, ligeros y astutos; cuatro, altos y rápidos; uno, por último, es modelo de flema y sangre fría. Justamente, la proporción ideal entre los hombres." No sé si el ejercicio de otras profesiones, por ejemplo la política, mejoraría si se implantaran semejantes cuotas, pero después de ver Invictus parece claro que el efecto de un triunfo en el rugby es positivo tanto emocional como política y socialmente.
Basada en el libro El factor humano. Nelson Mandela y el partido que salvó a una nación del periodista anglo-catalán John Carlin, concentra y resume, desde la toma de posesión como presidente de Nelson Mandela en 1994 hasta la final del Campeonato del Mundo de Rugby en 1995, el proceso de cambio en Sudáfrica de sociedad segregada por las leyes del apartheid a democracia imperfecta, valga la redundancia.
Dirigida por Clint Eastwood y protagonizada y coproducida por Morgan Freeman (que probablemente haya disfrutado del papel como de ningún otro en su carrera), Invictus tiene su mejor baza en lo bien reflejado que está el carisma personal de Mandela, un hombre que después de pasar 27 años encarcelado por terrorismo supo convertirse en el líder respetado por todos en un país con más de un himno, con más de una bandera y con más de un idioma. Aparte del imprescindible encanto y magnetismo innato queda claro que el carisma tiene que ver con el esfuerzo intelectual para aprender, con el ejemplo y la inspiración para mandar y con la fuerza moral para perdonar. A pesar de que no hay incertidumbre posible con el desenlace, Eastwood, apoyado por un reparto convincente y variopinto, busca abiertamente conmover al espectador, a veces demasiado toscamente (ese niño escuchando la radio con los policías), y el que lo consiga en los momentos menos enfáticos (el regalo de una gorra verde o de cuatro entradas para la final, un abrazo que no se llega a dar) se debe seguramente a que sabemos lo frágil que es la convivencia y a que por una vez no ocurrió lo peor (vienen a la memoria Isaac Rabin o Robert Mugabe) y todos los implicados estuvieron a la altura. Tampoco está mal recordar que una dosis de pragmatismo es necesaria en política. A veces los aferrados a sus principios pueden ser casi tan peligrosos como los que no tienen principios. En la evolución de la relación de dos grupos de guardaespaldas presidenciales (los procedentes del ANC y los entrenados por el SAS) se refleja muy bien a pequeña escala que lo difícil y meritorio es respetar a los adversarios.
Hay que decir que ser invencible no es ser perfecto. Todas las imperfecciones (corrupción) y peligros (atentados) y la sospechosa intoxicación de los All Blacks antes del partido final quedan fuera de la historia filmada.
Grados de separación. El pequeño milagro que catalizó Mandela al lograr que toda la población sudafricana de color pasara de animar a cualquier equipo que jugara contra los Springboks a apoyar a estos, queda mejor recogido en el título original en inglés del libro de Carlin (Playing the Enemy: Nelson Mandela and the Game that Made a Nation), título mejor y más polisémico que el español, que parece arramblado de Graham Greene. Mandela, capaz de escribir en prisión "existen pocas desgracias en este mundo que uno no pueda convertir en un triunfo personal si dispone de una voluntad de hierro y los conocimientos necesarios", y que invitó a tres de sus antiguos carceleros a su toma de posesión, sabía que hay que ponerse en el lugar del enemigo para vencerlo y para convivir con él.
|