Escribía Albert Camus en El mito de Sísifo que: “Todo el arte de Kafka consiste en obligar al lector a releer. Sus desenlaces, o su falta de desenlace, sugieren explicaciones, pero que no se revelan con claridad y que exigen, para ser fundadas, releer la historia con un nuevo enfoque".
Dos conciencias para un siglo “Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto".
“Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: ‘Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias'. Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer".
Así se inician dos textos fundamentales del siglo XX. El primero pertenece a La metamorfosis, de Franz Kafka, escritor checo de origen judío que murió en un sanatorio, cerca de Viena en 1924; tenía 41 años. El segundo a El extranjero, de Albert Camus, escritor francés nacido en Argelia que murió en accidente automovilístico camino de París en 1960, tenía 47 años. Sugiere Camus ante Kafka revisitar sus páginas, para tratar de releer la historia con un nuevo enfoque. Tanto el uno como el otro murieron antes de alcanzar ese período de la vida en que nos alimentamos fundamentalmente de reelecturas, en el afán inalcanzable por tratar de conocernos a nosotros mismos a través de los demás. Kafka le pidió a su amigo Max Brod que a su muerte quemase todos sus escritos; gracias a una desobediencia, hemos logrado rascar en las perturbadoras cicatrices de la condición humana. Entre los restos del flamante ‘Facel-Vega’ conducido por el editor Michel Gallimard, que estrellado contra un árbol acabó de modo fulminante con la vida de Camus, se recuperó el manuscrito de El primer hombre, la obra con la que el autor confiaba en iniciar un gran y definitivo giro a su ya enriquecida aventura literaria. Gracias a su viuda Francine, la novela póstuma de Albert Camus logró publicarse. Un texto inacabado, pero fundamental, que enlaza con El extranjero y ayuda a entender a una de las conciencias más lúcidas del convulso pasado siglo.
De ‘El extranjero’ a ‘El primer hombre’ La crítica consideró durante mucho tiempo a El extranjero como la guía moral e intelectual de la generación que se formó entre las ruinas, la frustración y la desesperanza de la destrozada Europa de postguerra. Sometida a la reelectura que Camus pedía para Kafka, nos encontramos frente a esta novela como ante un enriquecedor caleidoscopio cuyas facetas se muestran siempre distintas, sugerentes o tal vez inquietantes. Fue todo un acierto la cubierta que el gran maestro del diseño, Daniel Gil, preparó para Alianza Editorial. En ella se sugiere a Meursault, su protagonista, el extranjero, el extraño, el antihéroe; desconfigurado en piezas paralelas listas para armar por todos y cada uno de los lectores. Un personaje desarraigado, a veces con ciertas pinceladas kafkianas cuando al inicio del capítulo segundo se asemeja tanto al Gregorio Samsa de La metamorfosis. Aunque frente al brumoso surrealismo del praguense, aquí se impone la luminosa realidad mediterránea de un personaje que no encuentra sentido a la vida, pero desborda sensualidad cuando disfruta al nadar mar adentro o se tiende en la arena de la playa para sentir como el sol adormece su cuerpo. Un contradictorio personaje, símbolo de la condición humana, que en tiempos de carencia de valores, de búsqueda de una coherencia moral, termina abocado a un final fatal sin haber encontrado sentido a la vida. Frente a la total desesperanza de su primera novela, el manuscrito inacabado de El primer hombre, que se inicia sobre la misma escenografía argelina, nos muestra el relato de Cormery, alter ego del autor, un niño arraigado a uno de los barrios más deprimidos de Árgel, hijo de un emigrante que muere en el frente durante la primera guerra mundial y una madre menorquina, analfabeta que difícilmente puede entender que su hijo quiera, y sobre todo pueda aspirar, a destinos más ambiciosos. En suma, el relato del largo proceso de un hombre que acabaría convirtiéndose en lúcida, aunque para muchos incómoda, conciencia de un tiempo desolador, confuso y de abundantes posicionamientos equivocados.
El hombre rebelde Este controvertido ensayo se publicó en París, en 1951. En sus páginas se trataba de estudiar el mundo moderno entre dos Revoluciones, la francesa y la rusa. Un profundo análisis sobre la rebeldía metafísica y la rebeldía histórica, para acabar desembocando en el terrorismo de estado y el terror irracional. Nietzsche, Marx, Lautremont, los anarquistas y hasta el Marqués de Sade, pueblan los capítulos de un ensayo, cuyo mayor pecado podría estribar en que se adelantó a su tiempo. Recién salidos del oscuro trauma que supuso la Segunda Guerra Mundial con profundas ansias de una revolución social, Camus tuvo el valor de afirmar que el existencialismo de izquierdas de Sastre rechazaba la libertad del individuo. Como es lógico inmediatamente fue acusado de reaccionario de derechas y pasó a engrosar la cofradía en la que ya se encontraba André Gide por su “heterodoxa" visión tras su visita al “paraíso" de la Unión Soviética. Es por tanto que El hombre rebelde requiere también una urgente reelectura en estos tiempos de desamparo ideológico.
La recomendación: Cartas a un amigo alemán A pesar de su prematura muerte, la obra que nos legó Camus fue abundante y en su mayor parte no ha perdido vigencia. Inició su carrera literaria en 1936, publicando Revuelta en Asturias, una exaltada obra de teatro coral, acorde con los tiempos y la temática. Una década más tarde de nuevo situó en España otra de sus obras dramáticas; El estado de sitio transcurre en un pintoresco Cádiz. La peste está considerada por muchos críticos como la novela más significativa escrita en Francia, tras la Segunda Guerra Mundial. Legendario asimismo resulta su Calígula que permanece en nuestra memoria en la magistral interpretación de José María Rodero. Sin embargo para estos tiempos en que tanto se debate el sentido de una Europa unida o sobre los nacionalismos y los fundamentalismos, recomiendo Cartas a un amigo alemán, denuncia arriesgada y valiente a lo que supuso la locura colectiva del totalitarismo, escritas entre 1943 y 1944, en un París ocupado por los nazis, y con la siniestra sombra de Stalin comenzando a oscurecer una importante parte de esa Europa que ya Camus deseaba unida. |