PEDRO P. HINOJOS
De los muchos momentos angustiosos por los que pasa Robinson Crusoe en la isla salvaje y deshabitada, el más penoso es aquel en el que cae enfermo. No tiene fuerzas ni para mordisquear las galletas que ha podido rescatar de naufragio y la fiebre le abrasa y le hace delirar.
Parece que todo va a acabar para él, al menos a los ojos de un ingenuo lector infantil, que no es capaz de caer en la cuenta de que quedan más de cien páginas por delante en las que habrá que contar algo más que la agonía del protagonista. Por eso sucede lo que tiene que suceder: Crusoe se despierta una mañana y comprueba que la enfermedad ha desaparecido. Nada puede ir mal a partir de entonces: se construye un buen refugio, aprende a cazar, conoce a Viernes, hace de la isla su patria solitaria…
O sea, la historia del náufrago por excelencia, que ha llegado a convertirse en un verdadero género dentro de la cultura de masas. Será acaso porque uno de los sueños recurrentes y universales entre los hombres y mujeres de todas las culturas y de todas las razas está el de escapar a un paraíso, lejos de todo y de todos.
Y para una huida así, nada mejor que una isla; preferentemente con arena blanca, cocoteros, aguas turquesas y brisas suaves a la caída de la tarde… Pero en esas apareció de pronto el avión de la Oceanic que cubría la ruta Sydney-Los Ángeles recortado sobre el cielo azul, se partió en dos en el aire y mandó al carajo la utopía de la buena isla salvaje. Jack, Locke, Kate, los osos polares, la iniciativa Dharma, Sawyer, Sun, el búnker, los Otros, Desmond, Ben Linus, Hurley, el submarino, la estación orquídea, la estatua, Jacob…
El laberinto de la serie Perdidos ha destruido el clásico paraíso entre las olas con sus náufragos de diseño y tecnología a la última, sus flashbacks vertiginosos y sus enredos donde la culpa, la redención y el destino se agitan en una coctelera metafísica de sabor indescriptible. Ahora llega el desenlace tras casi cinco años de aventuras y estamos hipnotizados. Ojalá se hayan currado bien el final porque el daño ya está hecho: ya no podremos imaginar una isla desierta sin la maldita cola de un avión asomando entre la espesura. |